A quiénes maldecir con el recuerdo

Por Alejandro Córdova

A menudo escucho cosas como: “En El Salvador no hay arte”, “El arte salvadoreño es pobre y nunca ha podido despegar del todo”, “No tenemos cultura propia”, “No nos destacamos por nuestros artistas, sino por la violencia y la corrupción”; y yo creo que el arte salvadoreño es increíble y siempre ha gozado de excelentes artistas. En todas sus épocas. 

Y algunas veces, con suerte, ha gozado del apoyo decidido del Estado, de la buena gestión de los recursos públicos, casi siempre debido a una buena dirección; es decir: buenos líderes, verdaderos iconoclastas, artistas y gestores con pasión y visión. Hubo momentos de la historia salvadoreña reciente en los que se hicieron las cosas bien, más allá del presidente de turno. 

Quiero dedicarme a contar lo que sé y reflexionar sobre algunos de esos momentos, que son rachas o incursiones de carácter intempestivo que se agotaron poco tiempo después, tomando como referencia al historiador Knut Walter y su estudio Las políticas culturales del Estado salvadoreño 1900-2012 (publicado en 2014 y disponible en la Plataforma de Desarrollo y Cultura de la Fundación AccessArte). 

En este libro, Knut Walter estudia las decisiones del Estado a partir de documentos ministeriales y cartas presupuestarias, entendiendo política cultural como un programa estatal de acción para la formación, creación, gestión y divulgación de las artes y la cultura, así como el custodio del patrimonio material e inmaterial de la cultura salvadoreña. 

La primera y más importante racha es la Reforma Educativa de 1968, cuyo autor fue el dramaturgo Walter Béneke (1930-1980), en un tiempo altamente convulso bajo la presidencia del general Fidel Sánchez Hernández. Fue la Reforma Educativa más grande que ha tenido El Salvador y que apostó por las artes y la cultura al punto de alcanzar el 32.8% del Presupuesto General de la Nación. ¿Cómo pasó esto? 

Suponiendo que el Estado, en los últimos cien años, ha invertido o apostado por la cultura en mayor o menor medida, una memoria de la gestión pública es importante y necesaria para comprender los problemas de raíz y las soluciones contingentes que han sido aplicadas por distintos líderes en el pasado. 

Podemos volver nuestra mirada hacia esas experiencias en las que los esfuerzos por el arte y la cultura fueron comandados desde el Ministerio de Educación antes de los Acuerdos de Paz y, posteriormente, con la creación del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (CONCULTURA) en 1991, su conversión en Secretaría de la Cultura de la Presidencia en 2009 y, por último, su reciente consolidación como Ministerio de Cultura en 2018.

En su estudio Las políticas culturales del Estado salvadoreño, Knut Walter concluye tres cosas respecto a lo acontecido en la gestión pública en los últimos cien años: 

  1. No ha habido metas claras y precisas en términos de calidad y cantidad del esfuerzo para promover las artes.
  2. La gestión de las artes y la cultura desconectada del resto del quehacer estatal no producirá sino resultados parciales. 
  3. La necesidad de formación de capacidades artísticas es permanente.
  4. Sin continuidad y consistencia, no habrá más que solo rachas

Las y los salvadoreños merecen conocer a sus artistas. Merecen disfrutar del arte que representa los problemas y también la belleza de la realidad salvadoreña. Y esta tarea es responsabilidad del Estado (del presidente, de las y los ministros, de nuestras leyes y nuestros presupuestos). Digámoslo así: el Estado debería ser el punto de encuentro entre el arte salvadoreño y su público. 

Muy a pesar de las políticas culturales del momento, el arte salvadoreño siempre permanece vivo. Y si le preguntamos a cualquier persona, sin importar su condición económica, su nivel de escolaridad, su edad o su identidad de género, ¿qué escritores salvadoreños conoce? Es probable que aparezcan nombres como Alfredo Espino (1900-1928), Salarrué (1899-1975) o Roque Dalton (1935-1975). 

¿Y si preguntamos por escritoras? Es probable que alguien diga Claudia Lars (1899-1974) como respuesta. Eso es memoria de las artes y la cultura. ¿Y si preguntamos por pintoras? ¿Directoras de teatro? ¿Cineastas? Esas otras grandes mujeres artistas salvadoreñas siempre han estado ahí, en pintura, literatura, teatro y más recientemente en el cine. ¿Qué pasa cuando el Estado salvadoreño, desde sus leyes hasta su trabajo ministerial articulado, apoya las artes y la cultura? 

Soy escritor, actor y productor de teatro. Fui invitado por el equipo de FOCOS para divulgar ideas sobre arte y cultura en El Salvador. Me interesa reflexionar sobre el papel de la memoria en la construcción de un futuro mejor para el país. En este caso, la memoria de las artes y la cultura. Si puedo ser más específico: la memoria de la gestión pública de la cultura. 

En estos tiempos difíciles para las democracias en el mundo y considerando el contexto de virtualización del espacio público, me tomo esta columna de opinión para pensar algunas experiencias del pasado en el intento de engrandecer el arte y la cultura salvadoreña. En especial, las artes escénicas, escritas, audiovisuales y pictóricas. Intentos públicos, masivos. 

Pretendo dedicar mi próxima columna a la experiencia de Walter Béneke en el Ministerio de Educación, a cargo de los bachilleratos diversificados y la Televisión Educativa (Canal 10). 

Quiero terminar este texto con el fragmento de un poema de Roque Dalton, quien es probablemente el escritor salvadoreño más conocido en el mundo. Este poema se llama Por qué escribimos, y describe con grandeza la tarea de las y los artistas hoy y siempre. Una tarea que trasciende nuestras cortas vidas. 

Uno se va a morir,
mañana,
un año,
un mes sin pétalos dormidos;
disperso va a quedar bajo la tierra
y vendrán nuevos hombres
pidiendo panoramas.
Preguntarán qué fuimos,
quiénes con llamas puras les antecedieron,
a quiénes maldecir con el recuerdo.
Bien.
Eso hacemos:
custodiamos para ellos el tiempo que nos toca.


Alejandro Córdova
El Salvador, 1993. Egresado de la Maestría en Dramaturgia de la Universidad Nacional de las Artes (UNA) en Argentina. Ganador del VI Premio Centroamericano Carátula de Cuento Breve, organizado por el festival Centroamérica Cuenta de Nicaragua. Miembro fundador de la compañía de teatro Proyecto Dioniso. En México, fue autor invitado a la Feria Internacional del Libro en Guadalajara y autor residente de la Universidad Autónoma de Nuevo León, Monterrey. Licenciado en Comunicación social. Fue asistente de dirección del Teatro Luis Poma. Recibió el título Gran Maestre en Cuento por ganar tres veces los Juegos Florales en la rama de Cuento.

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