Don Señor

Por Omar Luna

Desde la entrada de la administración del presidente Nayib Bukele, fuimos espectadores de un peculiar estilo de gobernanza. Comparado con las administraciones anteriores, las redes sociales, específicamente Twitter, se convirtieron en un campo de batalla, donde comenzó a gestarse una disputa por el significado entre diversos sectores de la población salvadoreña, aglutinados alrededor de dos bandos: el pueblo y los #mismosdesiempre. O, valiéndose de una maroma estadística carente de comprobación fáctica, el 97 % vs. el 3 %.

Para que este tipo de apreciaciones pudiera calar en el imaginario colectivo nacional, como argumenta Cristina Gómez Moragas (2020), se vuelve necesario “sustraer lo político”. Esto conlleva reducir la función pacificadora existente entre los colectivos y las personas al apostar por símbolos de división social. De esta forma, una clásica premisa se vuelve aún más real y vigente en estos tiempos de gobernanza 3.0: “Divide y vencerás”.

Se vuelve imperante cosechar vientos para sembrar tempestades. En ese sentido, la administración Bukele es sumamente hábil en posicionar una serie de mensajes dentro del ecosistema de redes sociales con los cuales, al valerse de enunciados como el pueblo versus los mismos de siempre, activa una maquinaria que potencia sentimientos, como el rencor, la venganza y la envidia, donde una serie de imaginarios e ideas trastocan elementos de la psicología social, la emocionalidad y su inevitable reproducción social. El odio no surge de la nada, sino que aparece en contextos de crisis política, económica y social, como los que vive El Salvador en estos momentos.

El presidente Bukele lo sabe. Y, sobre esa base, aprovecha las posibilidades que brindan plataformas como Twitter para (re)encuadrar cualquier situación que le sea adversa. De lo contrario, no se atrevería a preguntar retóricamente en su cuenta: “¿Por qué odian tanto…?. O, en su defecto, potenciar una serie de acciones y decisiones con las cuales busca generar divisiones polémicas, como los incisos concernientes con el aborto y el matrimonio igualitario posterior a la multitudinaria e histórica marcha del 15 de septiembre de 2021.

De esta forma, sus interacciones nos demuestran que somos prosumidores de una aparente “democracia del sentimiento”, donde prolifera una “política sin políticos”. Para Santiago Cafiano (2020), dicha situación constituye una suerte de antipolítica, bajo la cual se enarbola una estrategia con la cual se busca deslegitimar la democracia, pues “[c]uanto más se degrade el debate público menos posibilidades habrá de intercambio plural y democrático. Así […] ganan quienes ya poseen poder y no necesitan de la política ni de la democracia, a las que tanto desprecian”.

Pero a todo desprecio y matonería política les llega su hora. A pesar de que el presidente Bukele “haya recuperado” el poder legislativo y municipal para “el pueblo” en 2021, se comienza a observar un paulatino, pero creciente discurso oculto (Scott, 2000), dentro y fuera de redes sociales, con el cual se cuestiona, se señala y se denuncia una cooptación institucional acelerada, al servicio del mandatario.

Muestra de eso fueron las marchas del 15 de septiembre y del 30 de septiembre de 2021, acompasadas por las interacciones alredor de los hashtag #El15Marchamos y #El30Marchamos, así como la evolución de #DonCerote, afín a coyunturas concretas como la reforma a la Ley de la Carrera Judicial (LCJ) (#DonCeroteDictador), el incendio del Mercado San Miguelito (#DonCerotePirómano) y el reciente lanzamiento del Satélite Cuscatlán (#DonCeroteSatelital).

Ya sea de forma presencial o virtual, dichas acciones circunscriben los principios de la violencia como señal de advertencia, propuesta por Lewis Coser (1967), donde los gobernantes deben prestar atención a disfunciones sociales visibles colectivas e individuales, pues, por lo general, “la persona sensible carece de poder y, al que tiene poder, le falta frecuentemente sensibilidad”.

 Y, si la administración Bukele continúa apostando por una política de odio, basada en la matonería, el descrédito, la burla y la minimización de estas señales claras y contundentes dentro y fuera de las calles, orillará aún más la construcción social y virtual del territorio, entendido por Alexander Schejtman y Julio Berdegué (2003) como “un conjunto de relaciones sociales que dan origen y a la vez expresan una identidad y un sentido de propósito compartido por múltiples agentes […] (aunque dicha construcción implique muchas veces transitar por procesos de conflicto y negociación)”.

«¿Cuál es la ruta?», se preguntarán algunos. La respuesta dependerá de cada uno de nosotros. Así, debemos reconocer que los tiempos de organización multidisciplinaria tomarán su tiempo de ideación y ejecución de propuestas (Artiga, 2021). Sobre esa base, al interior de dicho entramado, se vuelve imperante la articulación de nuestras diferencias sin soltar las banderas de lucha colectivas e individuales. Y, finalmente, estos esfuerzos deben traducirse en una acción colectiva que canalice el descontento hacia la administración Bukele en un proyecto de país que trascienda más allá de oponerse a esta.

En tiempos de una kakistocracia (Martínez, 2020), que apuesta por la antipolítica, la matonería, la prepotencia, la falta de rendición de cuentas y la interpretación antojadiza de los marcos normativos nacionales e internacionales, se vuelve necesario cohesionar los principios del saber estar en comunidad con las bondades que ofrece la inteligencia colectiva (Peláez, 2012). Solo la empatía y el entendimiento con los demás nos permitirán generar discursos, decisiones y acciones claras y contundentes para hacerle frente al régimen de Don Señor que nos respira cada día en la nuca… dentro y fuera del ciberespacio.



Omar Luna. Comunicador y analista de datos. Cofundador y gerente de Comunicaciones de Lab-Dat. También se desempeña como docente e investigador para las cátedras de Sociología de la Comunicación y Big Data para la Licenciatura en Comunicaciones Integradas de Marketing (CIM) y la Licenciatura en Comunicación y Estrategia Digital (CED) de la Escuela de Comunicación Mónica Herrera (ECMH). Tiene una experiencia de más de ocho años en la pedagogía de la data, a partir de los enfoques metodológicos propuestos por Escuela de Datos, con la cual ha podido trabajar con importantes instituciones a escala nacional e internacional, como Open Knowledge Foundation (OKFN), Internews, Fundación Latitudes, CentralAmericaData.COM, Proyecto Cero, Transparencia Contraloría Social y Datos Abiertos (TRACODA), entre otras.

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