Un filtro fuera de nuestro control: De cómo las burbujas de información definen nuestra percepción en las redes

Por Ronald Erazo

El internet nació bajo la promesa de brindarnos conocimiento al alcance de un clic, de conectar a una diversidad de personas con sus ideas en diferentes partes del mundo, y de alguna manera, de eliminar las barreras.

Hoy, a 50 años de su invención, pareciera ser que es una promesa olvidada, porque a pesar de que hay una infinidad de contenidos en el internet, más de los que una persona podría consumir en toda su vida, parece ser que estamos inmersos en un espacio cerrado, donde los sitios saben lo que quiero buscar antes de que lo escriba y las conversaciones sugeridas en mis redes sociales tienen como protagonistas a los mismos oponentes, a los mismos aliados, y a los mismos temas.

Este espacio virtual se alimenta de mis ‘me gusta’, de las personas que sigo, de los videos que busco y hasta de la música que escucho. Sin darnos cuenta, nos hemos adentrado en nuestro pequeño mundo personalizado de contenido, hemos caído en una burbuja de información.

El investigador Eli Pariser acuñó este término para referirse a estos espacios generados por una mezcla de búsquedas personalizadas y a un historial de clics de navegación, lo cual crea una versión del internet específica para cada usuario con contenidos “relevantes”. Hoy en día, el término ha pasado a referirse sólo como ‘burbuja’ y es mucho más sutil y más poderosa del momento en el que el término se originó.

¿Cómo se generan estas burbujas? ¿Qué tan dañinas son? Y lo más importante, ¿puedo escapar de ellas?

Las burbujas de información nos encierran en una versión del internet personalizada para mí, están basadas en la constante información con la que alimentamos a nuestras redes y sistemas. Mi superhéroe favorito, las películas que me encantan, mis creencias religiosas e ideología política, mi área de trabajo profesional y hasta qué tipo de pareja me gustaría encontrar.

Toda esta información son datos que aportamos a estos sistemas y a cambio recibimos una “mejor experiencia», algunos los cedemos con un simple acepto, otros son tomados sin nuestro consentimiento. Estos datos son enviados a los famosos “algoritmos” que los procesan y crean un tipo de perfil de usuario, que una vez listo, será la base para aprender de nosotros y delimitar más lo que vemos y lo que consumimos. Los algoritmos aprenden de nuestras acciones y se mejoran constantemente.

¿Qué tan efectivos son estos algoritmos? Tomemos por ejemplo una aplicación popular como Tik Tok. Según un reciente estudio del Wall Street Journal, partiendo de una cuenta nueva, el algoritmo se tarda entre 45 minutos a dos horas para descifrar qué tipo de contenido me gusta y qué videos garantizarán mi mayor tiempo invertido en la plataforma.

En menos de lo que dura una película, estos programas pueden llegar a tener una idea de cómo pensamos y qué es lo que queremos, pero lo más importante, podrían conocer qué podríamos querer y pensar en el futuro.

El propósito de estos algoritmos no es bueno ni malo, simplemente fueron creados para ayudar a las plataformas a servir mejor a sus clientes y para tratar de garantizar una estadía más larga y amigable. Pero, ¿qué pasa cuando estas herramientas son manipuladas por personas que pueden darles otros usos?

En 2018, Cambridge Analitica tomó los datos de 50 millones de usuarios estadounidenses de Facebook. Según investigaciones, estas herramientas fueron usadas en la campaña de Donald Trump, ganador de la Presidencia de los Estados Unidos en 2016.

Este es un ejemplo bastante claro del poder que tienen las burbujas creadas de forma artificial, de terceros tomando herramientas y datos para manipular activamente a un grupo de usuarios. Si eliminamos el elemento humano, ¿estos programas nos pueden influenciar de forma natural? La respuesta es sí.

En 2019, Mozilla, la compañía detrás de Firefox, uno de los navegadores web más populares de la red, se dio a la tarea de estudiar cómo las recomendaciones de YouTube llevaban a las personas por caminos inusuales o peligrosos, denominados como “Contrariedades de Youtube”.

Algunos de los usuarios relatan cómo YouTube recomendaba contenido anti-LGBT a una persona que recién había aceptado su identidad de género. Otra historia es contada por un hijo preocupado que su padre había caído por un hoyo de teorías de conspiración. Una maestra de escuela comenzó buscando videos de Apolo 11 y terminó en teorías del 9/11. 

Analicemos por ejemplo la discusión sobre las vacunas en el contexto de esta pandemia. Grupos de Facebook, canales de YouTube dedicados a diferentes teorías que involucran al empresario Bill Gates y al nuevo orden mundial, hashtags de Twitter que invitan a ‘informarse’ sobre lo que nos inyectamos y videos de Tik Tok que reparten clips virales de por qué las vacunas son un peligro son solo algunos medios por los cuales el movimiento anti-vacuna atrapó a personas que solo necesitaba el empujón correcto, en la dirección equivocada.

Si un salvadoreño promedio se apunta a Twitter por primera vez, ¿qué cuentas le son sugeridas? La primera opción es la cuenta oficial de la Presidencia, seguido de los diferentes ministerios y personalidades afines al Estado. Y son estas cuentas las que el algoritmo sugiere de forma continua.

¿Qué hay de las opiniones diferentes? Cuentas de voces críticas rara vez son sugeridas o aparecen enterradas entre cuentas de ministros y medios digitales. ¿Qué opinión podría formar una persona que sigue este camino? ¿Qué versión del internet, y del país, tendrá este nuevo usuario? ¿Será un oponente o un aliado en nuestra versión del internet? Ninguna persona influenció a estos usuarios. El algoritmo les sirvió el contenido que podría robar su atención.

Las burbujas de información pueden llegar a ser poderosas, sutiles y realmente fáciles de crear. ¿Existe alguna forma de ‘reventarlas’? Claro, en teoría solo basta con salirse de la línea, buscar contenido disruptivo y expandir nuestro horizonte de conocimiento.

Personalmente creo que la respuesta no es tan clara. Si bien hay formas de romper este bucle, realmente toma bastante trabajo de parte de los usuarios. YouTube tiene una opción de no me interesa, Twitter, Facebook y Tik Tok también la poseen. ¿Pero cuántas veces la hemos usado?

Además, ¿Cómo escapas de una burbuja sin saber que estás en una? Cuando el usuario promedio en el internet tiene una capacidad de atención de 8 segundos y 60% de las personas que comparten en la red no leen el contenido al que enlazan, las probabilidades de reventar la burbuja se hacen menores. 

No queda más que instar a las personas a romper con esas burbujas de información y dialogar con usuarios que tienen ideas diferentes. A veces, intercambiar más de 180 caracteres con personas que piensan diferente puede ser muy enriquecedor. Es como una dieta, hay que mantener nuestro contenido equilibrado y ser vigilantes sobre lo que estamos leyendo y experimentando.

En estos tiempos donde los sitios y los diferentes actores le apuestan a que estemos distraídos, poner atención podría ser la mejor forma de romper con esas burbujas.


Ronald Erazo. Comunicador, Jefe de Contenidos y anfitrión en TechLoversFM en la radio 107.7 Fuego. En los últimos dos años se ha dedicado a la producción de contenidos para la radiodifusión y medios digitales.

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