Organizarnos desde el exilio, ¿para qué?
Salí forzada de El Salvador en 2021. Me prometí dejar el activismo. Cuatro años después, entiendo que esa promesa era imposible —y por qué es importante que así sea.
Salí de El Salvador en agosto de 2021 sin despedirme de nadie. Sin decir adiós a mi familia, a mis perros que se quedaron mirando la puerta. Sin abrazar a las amigas que me conocen de verdad. Dejé atrás mi carrera de abogada, mis años de activismo por los derechos de las mujeres, la vida que había construido. Salí porque no había alternativa. Y salí con miedo.
No tenía idea de los desafíos que me esperaban, sobre todo por mi condición de mujer, centroamericana, migrante y madre.
Durante esas semanas, caminaba largas distancias al sur de México con mi hija de la mano, abordando camiones y taxis colectivos sin saber bien adónde iban, sintiéndome nadie. Las dos. En esos días, mientras el mundo se volvía un lugar hostil para nosotras, me hice una promesa: cuando esto termine, no vuelvo a ser activista. No vuelvo a luchar por los derechos humanos. Me sentía culpable de asumir el riesgo, de haberla metido en esto. De haber pensado que señalar la corrupción del gobierno de Bukele no tendría consecuencias.
Esa promesa no la pude cumplir.
Han pasado más de cuatro años desde entonces, y la vida me llevó, a empujones, al camino de la defensa de los derechos humanos. México, que al principio fue solo el lugar donde llegamos, se convirtió en algo parecido a una oportunidad. Primero vinieron las entrevistas, la posibilidad de contar lo que había pasado, por qué tuve que huir de El Salvador. Luego, vino de vuelta el trabajo como defensora, que me fue poniendo enfrente a otras personas exiliadas –no solo salvadoreñas, sino centroamericanas– con historias que me tocaron de maneras que no esperaba. Mujeres que salieron después de años de cárcel injusta. Mujeres que dejaron hijos e hijas atrás. Mujeres que habían defendido la verdad en sus países y pagaron por ello un precio que ninguna debería pagar.
Esta experiencia interpela mi conciencia como defensora de derechos humanos, como activista de la democracia, hoy totalmente socavada con la dictadura de Nayib Bukele. Entendí que el exilio no es solo un paréntesis en la vida de alguien, es una condición. Y que esa condición debe asumirse y transformarse en algo más.
Entonces llegó la noticia sobre la captura de Ruth López.
Ruth es abogada, defensora de derechos humanos y una de las voces más claras que El Salvador ha tenido contra la corrupción del gobierno salvadoreño. Su captura injusta no fue una sorpresa para quienes conocemos cómo opera el régimen, pero sí fue un golpe. El tipo de golpe que te despierta de cualquier adormecimiento cómodo. Y fue el detonador de algo que ya se estaba incubando entre nosotros –salvadoreñas y salvadoreños en el exilio— en conversaciones cautelosas, venciendo poco a poco la desconfianza que el miedo siembra entre personas que han aprendido a cuidarse de todo.
Y nos organizamos. Tomamos conciencia que desde junio de 2025 somos una comunidad, parte de la diáspora política centroamericana. Así nació la Mesa del Exilio Salvadoreño en México. Un colectivo sin jerarquías, sin partidos políticos, y que opera desde la convicción de que el margen de libertad que el exilio nos da –y que es un privilegio que no pedimos pero que tenemos– tiene que usarse para hacer algo real.
¿Pero qué significa hacer “algo real” desde fuera?
Significa apoyar a quienes dentro de El Salvador siguen acompañando la lucha por la liberación de presos políticos como Ruth López, Enrique Anaya, Fidel Zavala y muchos más; a las víctimas del Régimen de Excepción, vigente desde hace cuatro años, con miles de personas inocentes detenidas, casos documentados de tortura, muertes en prisión; a quienes están luchando por el derecho a la salud, denunciando la falta de medicamentos, despidos masivos de personas trabajadoras de salud; a quienes siguen defendiendo lo que queda del bosque El Espino.
Significa además alzar la voz internacionalmente sobre lo que el gobierno de los Bukele ha construido: no el milagro de seguridad que vende su maquinaria de propaganda y tiene a millones de personas engañadas, fascinadas; sino un sistema de control que ha desmontado la institucionalidad democrática, ha garantizado su reelección inconstitucional y convertido el miedo en política de Estado.
Significa construir redes de recepción digna para las salvadoreñas y salvadoreños que seguirán llegando, porque seguirán llegando, para que sepan que no están solos y tengan siempre en mente, como dijo Ruth López: “esto un día va a pasar”.
Escribo esto también como una invitación. A otros colectivos de salvadoreñas y salvadoreños en el exilio, donde quiera que estén: articulémonos. Compartamos lo que sabemos. Rompamos el aislamiento que el régimen quiere que sintamos. El Salvador nos necesita lúcidos, organizados y vivos para coadyuvar a la construcción de una nueva democracia. Para el día en que podamos volver. Y ese día va a llegar.
Porque todo esto va a pasar.
