Los salvadoreños han permitido que el Estado sea manejado como propiedad de la familia Bukele: Héctor Dada Hirezi

Los salvadoreños han permitido que el Estado sea manejado como propiedad de la familia Bukele: Héctor Dada Hirezi

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Los salvadoreños han permitido que el Estado sea manejado como propiedad de la familia Bukele: Héctor Dada Hirezi

Resumen de la nota

Los salvadoreños han permitido que el Estado sea manejado como propiedad de la familia Bukele: Héctor Dada Hirezi

Héctor Dada Hirezi, economista, exministro y fundador de la Democracia Cristiana salvadoreña, analiza desde el exilio el desmantelamiento institucional del país y concluye que El Salvador vive hoy una dictadura familiar.

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El pasado 2 de abril, un ciudadano cuestionó en la red social X a Ibrajim Bukele, hermano del presidente, sobre las más de 500 personas fallecidas bajo custodia estatal en el marco del régimen de excepción que lleva cuatro años vigente, una cifra documentada por organizaciones de derechos humanos. Ibrajim respondió por esa misma vía que existe “un equipo independiente que revisa caso por caso”: una instancia hasta entonces desconocida para la opinión pública.

En ese mismo intercambio informal, el hermano del presidente precisó que ese equipo «trabaja de la mano con Fiscalía, Ministerio de Justicia y Centros Penales» y que «parte del equipo forma también parte del Despacho de la Primera Dama». Todo esto ocurría semanas después de que el Grupo Internacional de Expertas y Expertos para la Investigación de Violaciones de Derechos Humanos (GIPES) concluyera, en marzo, que existen bases razonables para creer que se cometen crímenes de lesa humanidad bajo el régimen de excepción.

Este episodio, y la pasividad social que lo rodea, refleja algo que el economista y político salvadoreño Héctor Dada Hirezi descibe desde el exilio como una “dictadura familiar”, una sustitución del Estado de derecho por una administración familiar del poder.

Dada Hirezi es un político de larga trayectoria y uno de los fundadores de la Democracia Cristiana en El Salvador. Fue miembro de la Junta Revolucionaria de Gobierno de 1980, canciller y ministro de Economía —cargo al que renunció durante el gobierno de Mauricio Funes por discrepancias con la conducción económica—. Reside en México desde hace varios años, luego de que las condiciones en El Salvador hicieran inviable el ejercicio libre de su pensamiento crítico.

En esta primera parte de una entrevista de más de una hora, que FOCOS publicará en dos entregas, Dada concluye que El Salvador vive una dictadura bajo el régimen de Bukele, que la ciudadanía ha cedido su condición de actores políticos para convertirse en súbditos, y que “toda dictadura, tarde o temprano, se enfrenta a una crisis”.

Saúl Hernández: Han pasado siete años de gestión del presidente Bukele, de los cuales cuatro han sido bajo régimen de excepción y resultado del sometimiento de las instituciones de control a su proyecto político, pero también de la capitalización de la simpatía popular. ¿Qué nombre le pondría usted a este momento que vive El Salvador hoy, en 2026?

Héctor Dada: Claramente estamos frente a una dictadura. Y es una dictadura que tiene apoyo popular, lo que no le quita el carácter de dictadura. No nos olvidemos de que Hitler y Mussolini tenían apoyo masivo en Alemania y en Italia, respectivamente, y eso no les quita el carácter de dictadura a los regímenes nazi y fascista.

Es una dictadura que tiene una característica singular. Vivimos en una dictadura militar durante décadas que era institucional. Hoy tenemos una dictadura familiar: es una familia la que gobierna el país, y sus allegados, con un nepotismo impresionante. 

Los hermanos del presidente ejercen funciones oficiales sin tener cargos públicos. Un hermano del presidente va a juzgar si los presos del régimen de excepción deben seguir presos o no. ¡Es un escándalo! Y nadie se sorprende de que no sea el poder judicial el que analice si deben estar presos o no, porque no hay poderes. Y la Asamblea Legislativa no tiene ningún significado. Es decir, la Asamblea no sirve más que para apretar los botones.

SH:  Tres décadas después de la firma de los Acuerdos de Paz —que debían marcar el tránsito de una dictadura institucional hacia la democracia— lo que nos encontramos es una refundación del Estado liderada por Bukele. ¿Se imaginó usted, en el peor de los escenarios, que este proceso podría terminar así? ¿Qué nos permite explicar ese desvío de la ruta de la democratización de El Salvador?

HD:  No imaginé que íbamos a llegar a este extremo. Sí tuve muchas reservas sobre la forma en que se manejó el proceso de democratización. Fue una de las causas por las cuales yo renuncié a mi cargo de ministro de Economía en el gobierno de Mauricio Funes. No respaldé al gobierno de Sánchez Cerén. Es más, como nunca fui miembro del FMLN, no tenía ninguna obligación de hacerlo. Pero nunca imaginé que sí íbamos a llegar a este extremo.

Lo que sostuve en su momento es que quienes creíamos en la democracia no estábamos aprovechando la coyuntura. Porque se crearon instituciones, pero eran conducidas con criterios no democráticos. Sobre todo cuando el FMLN fue conducido por Schafik Handal, que tenía esa vieja visión marxista-leninista de que eran la vanguardia del proletariado. La vanguardia es la que sintetiza las aspiraciones y las ideas de aquellas personas de las que es vanguardia, y a las que no concede la madurez suficiente para defender sus propios intereses. Y en la derecha tuvimos una imposición del neoliberalismo, que era lo más inadecuado para construir democracia en ese momento.

Hemos llegado a un extremo increíble, y además con personas que fueron de lo más rancio de ARENA y de lo más rancio del FMLN metidas en la construcción de una dictadura familiar, una cuasi monarquía absoluta de extrema derecha en el país.

El mismo presidente, entre comillas, de la República, cuando lo expulsaron del FMLN, dijo que era porque la dirección del Frente había perdido los principios con los que habían creado el Frente. Entonces, era de izquierda, y del FMLN. Hoy, de extrema derecha, está ligado a los gobernantes más extremistas del continente.

Entonces, a pesar de todo, reitero: no creí que llegaríamos a estos extremos. 

SH:  A diferencia de otros países de América Latina que también enfrentan procesos de autoritarismo, en El Salvador no vemos una movilización popular exigiendo recuperar las conquistas democráticas de 1992. ¿Qué nos permite explicar que el proceso que abrieron los Acuerdos de Paz no haya sido defendido por la ciudadanía?

HD:  En primer lugar, porque esas conquistas no resolvieron sus problemas fundamentales. La delincuencia se puede combatir en democracia, como lo han mostrado muchos países del mundo. Creo que no se resolvió eso, y tampoco se resolvió el problema económico. Lamentablemente, los dos gobiernos del FMLN continuaron manteniendo la política económica neoliberal.

El neoliberalismo no favorecía y no favorece la construcción de democracia. La crisis del neoliberalismo también ayudó a que los problemas de la gente no se resolvieran nunca. El famoso rebalse que suponían los neoliberales nunca se dio.

Los problemas de la gente eran muy graves: problema de seguridad muy grave, problema económico muy grave —que tampoco se ha resuelto en esta dictadura—. Pero, además, nos fuimos convirtiendo en un país donde tener ideas contrarias es ser enemigos.

Una persona a la que yo le hice objeciones a algunas medidas que se han tomado en el actual régimen —porque él pretendía ser defensor del Estado de derecho y es el autor de algunas de las reformas violadoras de la Constitución que se han hecho en el país—, cuando yo le argumenté, su respuesta fue: “es que tú odias a Nayib Bukele”. Hemos convertido la política en un problema de amor o de odio. Y la política no es eso.

Eso es característico de las dictaduras absolutistas, que consideran que todo el que tiene una idea contraria a la dictadura es prácticamente un delincuente. 

Como dice Eugenio Tironi —un sociólogo chileno, gran analista de la democracia—: otra señal de las realidades políticas que va en el mismo sentido es la renuncia a persuadir racionalmente a la ciudadanía; no se dirige a un ciudadano que delibera, sino a uno que confía.

La democracia supone ciudadanos que deliberan; las dictaduras suponen ciudadanos que confían o tienen miedo. Le agregaría eso último a Tironi, porque en Chile todavía no han llegado al miedo.

SH: ¿Cuál cree que fue el error de la izquierda democrática salvadoreña que no permitió integrar a la ciudadanía al debate, para darle las herramientas para participar de una manera más crítica en las decisiones que toman sus líderes?

HD:  Posterior a los Acuerdos de Paz nunca tuvimos la posibilidad de generar un proceso de adhesión de la población. No tuvimos tampoco los recursos para poder transitar por el país, conversar con la gente, como sí lo hicimos en los años 60 con el Partido Demócrata Cristiano. Nuestra capacidad fue muy limitada.

La gente se sentía mucho más ilusionada o por las promesas neoliberales o por las heroicidades de la guerra que por quienes —sin mucho poder, y a veces con vocación de influencia pero no de poder— no logramos representar para la gente algo en qué confiar, en el sentido de Tironi. Además, lo que le pedíamos a la gente era deliberación, mientras los otros le ofrecían: yo sí sé cómo resolver sus problemas.

Y se fue generando una situación en la que aceptar prácticamente ser súbdito, y no ciudadano —como está pasando ahorita en el país—, se ha convertido en la manera de transitar por la política. 

Además, debo decir que un fenómeno universal es el deterioro de la imagen de lo político. El silencio es una forma de hacer política. Lo político es todo aquello que tiene que ver con la vida de la sociedad, con la vida de los ciudadanos y ciudadanas. Pero no hemos entendido eso, y eso fue aprovechado por gente que venía del FMLN, como la familia Bukele, que es más: recibió créditos de Alba Petróleos porque era allegada a Schafik Handal, que era el secretario general del FMLN en ese momento. O sea, y se permite decir que todos los del pasado —siendo ellos parte del pasado— son gente que le hizo daño al país.

Entonces, creo que no fuimos capaces, por falta de posibilidades en parte, y porque no supimos encontrar un espacio en el cual convertir nuestra influencia —y la tuvimos en algún momento dado— en mecanismos de poder. 

SH: Usted analiza esta realidad desde el exilio. ¿Ha logrado la izquierda democrática salvadoreña superar esas debilidades? Actualmente vemos que los catalizadores de la organización política pasan por temas como el medio ambiente, pero no vemos a ningún actor de la política partidaria capitalizando a favor de la representación de ese conglomerado que evidentemente no se ve representado en las políticas del gobierno actual. 

HD:  Lo desconozco, y tengo muchas dudas de que existan. La verdad es que la ideología ha desaparecido de la organización política. ¿Qué significa ser socialdemócrata hoy en El Salvador? ¿Qué propuestas hay para el país? Eso requiere una organización, una discusión, gente que esté dispuesta a recorrer el país, a usar las técnicas modernas de las redes sociales para divulgar un pensamiento de izquierda democrática que tenga soluciones a los problemas del país.

Vaya, nosotros creíamos que el Estado debía ser el rector de la política económica para garantizar justicia social, sobre todo aquellos que veníamos de la línea social-cristiana progresista, que interpretábamos de forma mucho más radical el pensamiento de la doctrina social de la Iglesia, que comenzó con León XIII, por cierto. 

Y hay un elemento de esa extrema derecha que está bloqueando, en muchos sentidos, los esfuerzos que puede hacer una visión socialdemócrata, o de izquierda democrática, como tú la quieras llamar. Por ejemplo, en la elección colombiana, Abelardo de la Espriella tuvo como fundamento de su campaña política a más de 600 pastores de iglesias evangélicas de extrema derecha. Hay una participación partidaria, porque —insisto— participación política todos tenemos, seamos conscientes o no; pero ellos tienen una participación partidaria vendiendo principios de extrema derecha que, a mi juicio, son anticristianos. Y no digo todas las iglesias evangélicas, cuidado: he dicho un grupo de iglesias evangélicas.

También en El Salvador tenemos un grupo de iglesias evangélicas. Una excepción notable es la Iglesia Elim, que mantiene un cristianismo reflexivo frente a la realidad que me parece muy valioso. 

Eso creo que bloquea el espacio para posturas de izquierda democrática y favorece lo que Tironi dice: que quienes gobiernan, o quienes quieren gobernar, más bien piden que se confíe en ellos, en lugar de generar una discusión sobre la realidad. Y, favorecido por líderes religiosos de esa naturaleza, se vuelve mucho más difícil la reflexión política, porque ellos también están pidiendo fe, no tanto en Jesús, sino en el líder de la iglesia a la que pertenecen.

SH: Usted menciona que la ciudadanía se identifica como súbditos, que reciben de una manera subordinada el poder del Estado para obtener beneficios y políticas concretas, en lugar de ser actores protagónicos que deciden qué política reciben. ¿Esto podría explicar entonces por qué ha sido tan fácil para proyectos políticos ganar elecciones sin tener un plan de gobierno basado en un contenido ideológico de fondo? 

HD:  Es muy claro que en el país se trata de la confianza en una persona que no actúa sola. Evidentemente, actúa primero con sus hermanos Bukele Ortez y se apodera de forma nepotista de todas las estructuras del Estado.

Además, hay confianza en la persona, así diga hoy lo contrario de lo que dijo ayer. Si tú comparas lo que dijo en la campaña del 2019 con lo que afirma hoy, es totalmente contradictorio. Atacaba la opacidad en el manejo del Estado. Nunca hemos tenido este nivel de opacidad, ni en la época de las dictaduras militares. Este es un récord histórico: la opacidad que hay en el país.

Se acaba de inaugurar el nuevo Hospital Rosales, que ya era muy necesario y que tiene cosas innovadoras que debemos reconocer, evidentemente. Pero no sabemos cómo se manejaron los fondos. No sabemos nada. Lo único que hemos visto algunos es la declaración del presidente ejecutivo de la Corporación Andina de Fomento (CAF), que es un banco latinoamericano, que dice que es fácil entenderse con el gobierno de Bukele porque él nombra personas por sobre los ministros para que manejen los proyectos importantes; que todo se maneja desde Casa Presidencial. Pero nos tenemos que enterar por extranjeros que no tienen nada que ver con el país, más que estar financiando la dictadura.
Creo que en este momento hay poco espacio para la democracia en el país, y un abandono de los ciudadanos del concepto de que ellos son los dueños del Estado. Más bien, la ciudadanía parece haber abandonado su carácter ciudadano, como dije hace un rato; pero, además, ha permitido que el Estado sea manejado como propiedad de una familia y de sus allegados. Bukele tiene el respaldo de la gran mayoría de los salvadoreños, pese a las atrocidades que está haciendo.

Y fíjate que no se responde a las críticas con debate. Si tú dices que hay que sacar a los inocentes de la cárcel, la respuesta no es: sí, vamos a sacar a los inocentes de la cárcel. Lo que se dice es: “no, vos lo que querés es que saquemos a delincuentes para que vayan a matar gente otra vez”. O sea, no hay debate que permita espacio democrático. 

¿Qué es la Asamblea Legislativa? La Asamblea ahí solo sirve para votar por lo que la presidencia —ejercida colectivamente por la familia, más sus asesores venezolanos que cogobiernan el país— decida.

Esto va a ser una crisis en algún momento, como todas las dictaduras, porque si se maneja todo tan concentradamente, es la familia Bukele Ortez la que es responsable de que haya aumentado la pobreza extrema en el país. No hay más responsables que ellos. No existen órganos del Estado independientes ni jueces independientes, lamentablemente. 

El espacio para la democracia está bastante difícil en este momento, porque la gente ha aceptado una dictadura como la forma en que hay que agradecer que se acabó la delincuencia. 

Esta es la primera parte de la entrevista con Héctor Dada Hirezi. La segunda parte se publicará próximamente en FOCOS.

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