«Nacer con Cariño», la consigna que las parteras tradicionales han defendido ancestralmente

La partería es un oficio que tiene la misma antigüedad que la maternidad. Quienes tienen esa vocación defienden la fuerza natural de su vínculo con otras mujeres y afirman con contundencia que, mientras haya madres, habrá parteras. En El Salvador, el Ministerio de Salud quiso probar errónea esa hipótesis, pero tras más de una década de guerra contra la partería tradicional, todavía hay cientos de ellas resistiendo por vocación y en apoyo a las mujeres que buscan sus servicios, ante la ausencia del Estado y la violencia obstétrica en los hospitales. En los últimos años, parteras de todo el país se han organizado para exigir al Gobierno de turno que cumpla su promesa de reconocer su oficio como patrimonio cultural y que las tome en cuenta para las nuevas políticas de parto respetado. «Nacer con cariño» es una consigna que ellas venían entonando desde antes que se convirtiera en ley, afirman.

Fotografías: Elisa Hernández y Carlos Salvador.

Las parteras Patricia Hernández y Natividad Escobar reciben la visita de un grupo de embarazadas para recibir su control mensual en San Pedro Perulapán, Cuscatlán. Muchas veces, cuando alguna de las mujeres falta, ambas se toman la tarea de caminar kilómetros para buscarlas en sus casas y asegurarse que todo marche bien. Todas las jóvenes reciben controles paralelos en la unidad de salud de la comunidad, pero continúan acompañándose de las parteras por la atención cálida y humana que les prestan. Ninguna cobra por sus servicios. Fotografía: Elisa Hernández.

I. Nacer con cariño.

Fátima E. se acaricia el vientre abultado mientras espera a que llegue su turno para que la examinen. Junto a ella, otras tres jóvenes aguardan sentadas en sillas plásticas, ubicadas a lo largo del corredor de la casa de la partera Natividad Escobar, en San Pedro Perulapán, Cuscatlán.

— ¿Cuántos meses tiene? — le pregunto a Fátima, mientras admiro la prominencia de su panza, que parece un globo capaz de explotar con el mínimo roce de cualquier objeto.

— Ocho meses — contesta, tímida.

— ¿Y será niño o niña?

— No sé todavía — dice, con voz bajita.

— Ah, querés que sea sorpresa — le comento, asumiendo que la decisión de esperar para conocer el sexo del bebé es suya.

— No, el doctor no me ha querido decir. Me dijo que no importa que yo sepa porque, de todos modos, lo tengo que querer.

Fátima E. me mira con cara de resignación, mientras yo termino de procesar lo que me acaba de contar.

Más adelante, platicando con su amiga y tocaya, Fátima G., entenderé que la relación de ambas con sus respectivos doctores durante las consultas médicas tiene las características de un trámite administrativo. Las citas duran pocos minutos y se reducen al intercambio de órdenes o preguntas que hace el médico y las respuestas de las madres en palabras monosílabas.

El primer embarazo de Fátima G. casi termina en una tragedia debido a la negligencia del médico que la atendió. Ella tenía entonces 15 años y, de las visitas al doctor en ese entonces, solo recuerda regaños por su embarazo adolescente. «No quiero que en unos años vengas con otra panza, te estás arruinando la vida teniendo hijos», le decía.

En medio de esas reprimendas, el doctor olvidó darle a Fátima información importante sobre algunas señales de alerta que debía tener en cuenta, en la medida en que se acercaba a su fecha de parto. Una madrugada, a los 7 meses de gestación, Fátima G. sintió un chorro de agua correr entre sus piernas y no supo cómo reaccionar. No sentía dolor ni contracciones, por lo que decidió hacer caso a su madre y esperar a que amaneciera para ir a consulta.

Llegó al hospital acompañada del padre, también menor de edad, y en la emergencia les dijeron que debían esperar a que un adulto se presentara para responder por ellos. Fátima estuvo varias horas esperando sin saber que su hijo se estaba asfixiando dentro del vientre.

Cuando el doctor finalmente la atendió lo que escuchó fueron nuevamente regaños y advertencias: «Su hijo se va a morir y será culpa suya, porque no vino antes, por irresponsable».

El hijo de Fátima se salvó, pero siete años después, con su segundo embarazo casi por finalizar, esa experiencia ha sembrado una semilla de desconfianza en los médicos y el sistema de salud. Por ello, en esta ocasión, decidió llevar controles paralelos con Natividad y se mantiene indecisa sobre si tendrá el parto en un hospital o en su casa, con ayuda de la partera.

El último reporte disponible del Ministerio de Salud, indica que de enero a septiembre de 2021 se registraron 363 partos extrahospitalarios, que representan a penas el 1.68% de los 21 mil 562 partos atendidos en total.

Desde 2009, con la reforma de salud impulsada por el FMLN, los partos atendidos por matronas han disminuido significativamente, debido a los esfuerzos del Estado por incrementar los partos hospitalarios, que se consideran más seguros. Sin embargo, las parteras apuntan a que hay un subregistro de partos domiciliares, pues en la actualidad no hay un mecanismo para inscribir los nacimientos atendidos por matronas, sino que son los promotores de salud o las mismas madres quienes los deben inscribir en los hospitales.

Lo cierto es que en la actualidad, muchas parteras han decidido dejar de atender partos y limitar sus servicios a emergencias y al acompañamiento de las mujeres, desde la preparación del embarazo hasta el periodo de lactancia.

Patricia y Natividad revisan al grupo de embarazadas en el cuarto que les sirve de consultorio. Los instrumentos como el doppler y el tensiómetro son parte del equipo que la Asociación de Parteras «Rosa Andrade» ha distribuido entre las matronas que la conforman y que han recibido capacitaciones por organizaciones extranjeras que apoyan estrategias de salud comunitarias. Fotografía: Elisa Hernández.

Patricia Hernández, la matrona que acompaña a Natividad en sus chequeos mensuales, desliza el doppler por la panza de la joven C. dibujando semicírculos y «eses». La embarazada está acostada cómodamente en una camilla, en el cuarto que la partera ha destinado como consultorio.

El silencio de la habitación se interrumpe nada más por el sonido que emite el aparato y que se parece al rumor del mar encerrado en las caracolas, ese que uno puede escuchar si acerca su oído al interior de una de ellas.

Por varios minutos la matrona continúa explorando con esmero el universo oculto que es el vientre de la mujer hasta que al fondo, del vacío, surge un eco constante, como una onda que viene de otro planeta.

— ¡Ahí está! No quería dejarse escuchar, pero lo encontramos. — le dice Patricia a la madre, mientras la cara de esta se ilumina por la alegría de escuchar el corazón de su hijo.

En la unidad de salud C. nunca ha podido escuchar el corazón de su bebé. «El doctor lo revisa, pero solo puede escucharlo él y a mí me da pena decirle que me deje, porque es bien enojado», dice la joven.

En cambio en casa de Natividad, no le da pena preguntar nada. Ahí, el trato es distinto y le resuelven sus preguntas, afirma.

«Ellas vienen aquí con nosotras porque aquí las contemplamos, las aconsejamos y las tratamos bien», explica Natividad, quien es parte de la Asociación Rosa Andrade y el Movimiento Indígena de Partería (MIPARTO).

***

El parto respetado, ese concepto que en los últimos meses, la primera dama, Gabriela de Bukele, ha lanzado sobre la palestra de la opinión pública con la política Nacer con Cariño, es un término que las parteras vienen promoviendo desde hace décadas.

Parir con dignidad, que es la condición para nacer con cariño, implica el respeto al pulso de parto de las mujeres, evitando todo tipo de intervenciones innecesarias, así como permitiendo que la madre decida la forma de controlar el dolor durante el parto.

«Aquí no las obligamos a tener al niño en ninguna posición, es a como ellas se sientan, si quieren estar acurrucadas o acostadas. Nosotros les hacemos masaje para que se relajen, les damos medicina natural para el dolor y no las apuramos a pujar hasta que están listas», señala Natividad.

Una encuesta realizada por la Dirección General de Estadística y Censos (Digestyc) en 2019 reveló que el 61% de las mujeres que tuvieron su parto en un hospital sufrieron violencia obstétrica por parte del personal médico. Esta situación se registró en igual medida en el área rural como en las ciudades.

La Organización Mundial de la Salud define la violencia obstétrica como aquella que sufren las mujeres durante el embarazo o el parto al recibir un maltrato físico, humillación y abuso verbal, o procedimientos médicos coercitivos o no consentidos.

Un informe de la Procuraduría de Derechos Humanos, realizado en 2016, registró 15 casos de violencia obstétrica en el sistema de salud que reflejan complicaciones obstétricas sufridas por las mujeres en los partos, al obligarlas a esperar una dilatación total para un parto natural o ser obligadas a cesáreas; afectaciones neurológicas como parálisis cerebrales y retardos, producto de una mala aplicación de anestesia o asfixia uterina por sufrimiento fetal en el caso de los recién nacidos; infecciones severas por dejar instrumentos en sus cuerpos durante las cesáreas y graves lesiones operatorias por ser obligadas a someterse a cesáreas innecesarias que derivan en muerte materna.

Aunque El Salvador cuenta con una Ley Especial Integral para una Vida Libre de Violencia para las Mujeres, esta regulación no reconoce la violencia obstétrica dentro de los diferentes tipos de violencia. El Código de Salud establece ciertas acciones como infracciones graves a la salud e integridad de las mujeres, pero hasta ahora la política más contundente para erradicar la violencia obstétrica de los centros de salud es la Ley Nacer con Cariño, aprobada en agosto de 2021.

El artículo 5 de la Ley establece el derecho de las mujeres embarazadas a ser tratadas con calidez y respeto durante toda la gestación, hasta el posparto. Así mismo establece el derecho a ser informadas de manera cálida y respetuosa sobre la evolución de su parto y el estado de salud de su hijo o hija.

Además, prohíbe prácticas de violencia obstétrica comunes en las salas de parto, tales como tactos vaginales, dilatación innecesaria del cérvix, restricciones de movimiento y episiotomías.

Sin embargo, como ya es costumbre de esta gestión gubernamental, toda la información sobre la implementación de la política Nacer con Cariño está reservada por el Ministerio de Salud y la discusión de la misma dejó por fuera a las organizaciones de sociedad civil, incluyendo a las asociaciones de partería, quienes hoy reclaman ser tomadas en cuenta para su desarrollo.

Las organizaciones de matronas, como el MIPARTO, sostienen que el parto respetado y la eliminación de la violencia obstétrica son luchas que vienen siendo impulsadas por las parteras tradicionales desde su práctica y desde su discurso, pero hasta ahora las autoridades de salud no han escuchado sus demandas. El enfoque occidentalizado de la salud pública en el país no deja espacios para el cuestionamiento desde la tradición y los saberes ancestrales, por considerarles faltos de fundamentos.

Sin embargo, la labor de las parteras puede ser un aliado importante para el sistema de salud. El Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) reconoce la trascendencia del este rol para prevenir la violencia obstétrica y las muertes maternas, sobre todo en países como El Salvador, donde los servicios de salud no llegan a todo el territorio.

El informe «El Estado de las Parteras en el Mundo 2021», señala que hay una escasez de 1.1 millones de proveedores de salud sexual, reproductiva, materna, neonatal y adolescente, de las cuales 900 mil son matronas. Las parteras, capacitadas para formar parte del sistema de salud, pueden cubrir cerca del 90 % de la necesidad de intervenciones esenciales en esas áreas, afirma el documento.

Las organizaciones de parteras tradicionales no están peleadas con la idea de ser capacitadas por el Ministerio de Salud. De hecho ellas mismas han iniciado procesos de formación dentro de sus redes. Sin embargo, señalan que este proceso debe hacerse con respeto a la filosofía ancestral que define su práctica. «No van a venir a imponernos el conocimiento, sino a compartir en un intercambio de saberes», indica una de las matronas de MIPARTO.

En países como Bolivia existen políticas públicas que integran a las parteras tradicionales dentro de la estructura del sistema nacional de salud, como la estrategia nacional Salud Familiar Comunitaria Intercultural (SAFCI), que busca «acercar la salud a todas las familias, en especial las más vulnerables, respetando la riqueza cultural, tradiciones y creencias sociales».

También en algunas regiones de México con alta presencia de población indígena, las parteras tradicionales son, en muchas ocasiones, el único agente de salud con experiencia para atender partos y son las responsables de prevenir cientos de muertes maternas en lugares donde el Estado no logra tener cobertura.

Pese a esto, el Estado salvadoreño ha segregado a las parteras tradicionales como agentes de salud y, en vez de considerarlas aliadas, en los últimos años se ha dedicado a perseguirlas.

I. El don de la partería.

La partería es una vocación que se ejerce voluntariamente, incansablemente y sin reconocimiento, dicen las parteras. No tiene horario, porque cuando una embarazada llama hay que movilizarse aunque sean las doce de la noche o las tres de la mañana, y aunque haya que caminar muchos kilómetros en la oscuridad.

Es un oficio que no se hace por dinero, porque en las comunidades rurales más empobrecidas, donde el trabajo de la partera es más necesario, muchas familias solo pueden ofrecer a cambio de su labor un café o la comida, muy pocas veces algo de dinero, aunque sea para el transporte.

En ocasiones, cuando los partos tienen complicaciones, son las mismas parteras las que deben buscar la manera de trasladar a las mujeres hacia el hospital, porque no hay ambulancias que lleguen hasta ellas.

La partería es un don, repiten las parteras. Muchas de ellas heredaron el don de sus madres y abuelas, pero otras tantas lo descubrieron por sí mismas, cuando tuvieron que atender sus propios partos o los de sus familiares.

Esperanza Vásquez, 70 años. Panchimalco, San Salvador. Se convirtió en partera en 1972, cuando atendió su propio parto y dio a luz al segundo de sus hijos. Después de esa experiencia, se atendió ella misma los siguientes nueve alumbramientos. En 1995 fue capacitada por el Fondo de Socorro Médico Internacional en coordinación con el Ministerio de Salud (Minsal), tras lo cual obtuvo su carnet de identificación como partera. En la segunda foto muestra, orgullosa, los diplomas que ha obtenido por su participación en talleres de formación y encuentros de partería. Fotografía: Carlos Salvador.

En el momento en que hablo con ella, a mediados de 2021, Esperanza Vásquez tiene bajo su monitoreo a 15 mujeres embarazadas. En el patio de su casa de adobe construyó otro cuarto del mismo material para recibirlas. El espacio de unos 7 metros cuadrados está ocupado por una cama matrimonial y una mesa que sirve de escritorio y está llena de pastillas prenatales, pruebas de embarazo y papeles.

Sentada en la mesa me parece una doctora en su consultorio. Bajo la tenue luz de una lámpara lee en voz alta los apuntes detallados que toma de cada una de sus visitas: El día tal, la paciente tal, con tantos meses de embarazo y fecha estimada de parto tal llegó para un chequeo y se registró que todo marcha con normalidad, presentando únicamente las incomodidades típicas de su etapa de gestación.

En agosto de 2020, la jefa de la unidad de salud de Panchimalco mandó a llamar a Esperanza para reclamarle por la cantidad de mujeres de otros cantones que buscaban sus servicios. En El Salvador, la partería no está prohibida legalmente, pero desde hace años el Minsal mantiene una cruzada para desincentivar el trabajo de las parteras. Sin embargo, las embarazadas siguen buscándolas. En esa ocasión Esperanza le argumentó a la doctora que no podía negarse a atenderlas si hay necesidad de su ayuda en la comunidad.

Muchas veces, Esperanza se entera antes que los promotores de salud cuando las mujeres del cantón están embarazadas. «Una mujer que vino ayer, por ejemplo, ya tiene cinco meses de embarazo y la promotora no sabe. Yo le dije que fuera a inscribirse para el control, pero me dijo que no podía porque era tiempo de cosecha y tenía que cocinar la comida para el mozo», dice.

Las brechas en el acceso a la salud son latentes en las zonas rurales del país. Y en ese sentido, Esperanza no entiende su trabajo como una competencia, sino como un apoyo para el Minsal. En su consultorio las mujeres pueden acceder a métodos de planificación familiar y pruebas de embarazo, así como recibir acompañamiento durante y después del embarazo.

Sin embargo, de parte del Ministerio, esta visión no parece ser la misma: «Algunos doctores son pedantes y en vez de vernos como apoyo, nos ven mal», lamenta.

Lyna Ortiz, 51 años, Panchimalco, San Salvador. «Yo he tenido miedo, para qué le voy a mentir. Me han intimidado muchas veces, pero aún así algunas muchachas me han buscado para que les atienda el parto», dice Lyna, quien en más de una ocasión ha sufrido el acoso de trabajadores de salud en su comunidad para que deje de atender alumbramientos. En 1996 se capacitó y obtuvo su carnet de identificación como partera del Minsal, pero a partir de 2009, con el cambio de política en la institución ese documento dejó de tener validez. En la segunda foto muestra el botiquín que le fue donado por una organización internacional que la formó y el cual todavía usa para guardar los implementos que necesita cuando va a visitar a las embarazadas a sus casas. Fotografía: Carlos Salvador.

Hasta 2009, el Minsal reconocía a las parteras a través de un carnet de identificación. Ante la insuficiente cobertura del Estado para brindar servicios de control prenatal y partos hospitalizados a las poblaciones rurales, aprovechaba a las matronas locales para atender a las embarazadas de las zonas más apartadas. Entonces, las parteras podían inscribir los alumbramientos que atendían como partos domiciliares e incluso era permitido que acompañaran a las embarazadas en los hospitales, cuando requerían de ese tipo de atención.

Sin embargo, decir que el trabajo de las parteras estaba perfectamente integrado con el sistema de salud sería mentir, pues, aunque gozaban del reconocimiento oficial, no recibían salario por parte del Estado ni otro apoyo para dignificar sus condiciones de trabajo, aparte de algunos insumos para atender partos, como guantes, gasas y broches para cortar el cordón umbilical.

Cuando el FMLN llegó al Gobierno e impulsó la reforma de salud bajo la dirección de la Dra. María Isabel Rodríguez, el Minsal hizo inversiones importantes en el fortalecimiento del primer nivel de salud para la reducción de las muertes maternas. Según el informe de resultados de la cartera para 2019, en diez años de la reforma se crearon 22 hogares de espera materna, 422 unidades comunitarias de salud y 39 unidades de salud especializadas.

El Ministerio también creó redes integradas donde las unidades de salud trabajaban de la mano con liderazgos locales, pero dejó fuera de este esquema a las parteras, que, a partir de entonces, fueron desconocidas por las autoridades de la institución que años antes había aprovechado su vocación para saldar las deudas del sistema de salud con la población. Bajo la premisa de que un parto seguro solo puede ser un parto medicalizado, las nuevas autoridades comenzaron a estigmatizar el trabajo de partería tradicional y a perseguirlo para impedir que las mujeres fueran atendidas en sus hogares.

Acercar las redes de salud a la población tuvo resultados. Estas políticas incrementaron notablemente los partos hospitalarios, que pasaron de un 39,3% en 2006 a un 99,8% en 2013. La Organización Panamericana de la Salud reconoció, en su informe sobre los 10 años de la reforma, que el trabajo intersectorial del Estado fue clave para mejorar indicadores como la reducción de la mortalidad infantil en 28,2% y la disminución de la mortalidad materna en 45,6%.

A raíz de la exclusión del Minsal y la persecución contra su oficio, muchas parteras dejaron de atender alumbramientos regularmente, pero continuaron cubriendo las emergencias a las que el sistema no puede responder. En el 2020, el trabajo de las matronas fue clave para prevenir muchas muertes maternas durante la cuarentena, debido al cierre de servicios de salud por la pandemia de Covid-19 o a la renuencia de las embarazadas a asistir a los centros de salud por el temor al contagio.

Sin embargo, muchas otras parteras siguieron ejerciendo su oficio por demanda de las embarazadas de su comunidad, temerosas de la violencia obstétrica en los hospitales, uno de los temas que la reforma de salud no resolvió.

III. El camino al reconocimiento

Un grupo de parteras tradicionales de San Pedro Perulapán, pertenecientes a MIPARTO se reúne para discutir los siguientes pasos para el fortalecimiento de la organización. La asociación aspira a unir a las matronas de todo el país e impulsar el reconocimiento de la partería como bien cultural inmaterial. Fotografía: Elisa Hernández.

En marzo de 2021 se celebró el Cuarto Encuentro Nacional de Parteras de El Salvador, que reunió a 57 parteras tradicionales de todas las zonas del país. En esa ocasión, según da cuenta esta nota de prensa del Instituto de Desarrollo de la Mujer (ISDEMU), se realizaron talleres en conjunto con los ministerios de Salud, Cultura, Educación y Gobernación, con el fin de recabar información para declarar la práctica de la partería ancestral y comunitaria como un bien cultural inmaterial y definir medidas de salvaguarda para protegerla.

«El ISDEMU al participar en esta mesa, ha asumido el compromiso de impartir jornadas para el fortalecimiento de los conocimientos de las parteras referentes a derechos humanos, así como proporcionarles atención especializada, conforme a sus necesidades», indica el comunicado.

Sin embargo, un año después ninguna de las parteras consultadas para este reportaje ha tenido noticias sobre los avances de ese proceso. Focos consultó al respecto en el departamento de comunicación del Ministerio de Cultura, el ente encargado de emitir las declaratorias de bienes culturales, pero tampoco obtuvo respuesta.

Las parteras que integran el MIPARTO, que aspira a ser la organización que reúna a las parteras de todo el país, no se han quedado de brazos cruzados. Mientras esperan por una respuesta del Estado, han continuado su proceso de formación y organización con miras a lograr espacios de incidencia para impulsar el reconocimiento de la partería como bien cultural.

El lanzamiento de la Ley Nacer con Cariño ha despertado una esperanza en el Movimiento. Por primera vez el Estado está prestando atención a la necesidad de crear las condiciones para que las mujeres puedan ser atendidas con respeto y calidez durante el embarazo, parto y posparto.

Aunque la política hace referencia únicamente a las «parteras profesionales», aquellas personas que tienen una licenciatura en atención materno infantil, las parteras tradicionales creen que podría incluírseles para aportar, desde el conocimiento ancestral, a la transformación del sistema de salud que pretende Nacer con Cariño.

«Es un GRAVÍSIMO error que no tomen en cuenta la partería ancestral. Las parteras somos medicas tradicionales con milenios de conocimiento en este territorio sobre la salud de la mujer y la comunidad. Somos defensoras milenarias del nacer con amor. No tomar en cuenta a las parteras es una gran violación a los derechos culturales de nuestro país», publicó en octubre pasado la Asociación de Partería Indígena y Comunitaria.

Un grupo de parteras de seis municipios de Sonsonate recibe una capacitación sobre Enfermedades de Transmisión Sexual, en las instalaciones de la Alcaldía del Común de Izalco. Fotografía: Elisa Hernández.

Mirna Amaya, presidenta de la Alianza Latinoamericana de Parteras, escribe los nombres de enfermedades de transmisión sexual en la pizarra y sus alumnas escriben, atentas, en sus cuadernos. Es la segunda jornada del Diplomado en Partería Ancestral organizado por MIPARTO y este día participan una docena de parteras de Acajutla, Juayúa, Salcoatitán, Nahuizalco, Nahulingo e Izalco.

Las parteras escuchan con entusiasmo mientras Mirna explica los síntomas de las ETS más comunes y les indica cómo detectarlos en sus pacientes. Las mujeres preguntan sobre los problemas de salud sexual y reproductiva que muchas embarazadas han llegado a consultarles. Entre ellas intercambian consejos e información sobre remedios naturales. También apuntan cuando la profesora les recuerda que tienen la función de referir a las mujeres con el médico cuando no tengan el conocimiento para ayudarlas.

El diplomado es uno de los esfuerzos de MIPARTO para estrechar el vínculo entre las asociaciones locales de parteras y fortalecer los conocimientos que necesitan para ejercer su rol. Luego de recibir estas enseñanzas, su responsabilidad es llevar la información al resto de parteras en sus comunidades, de manera que puedan atender a las pacientes de mejor manera.

Conocer estas cosas es importante, señala una de las alumnas. Ser partera «es ser acompañante de la mujer desde la preparación para el embarazo, el embarazo, el parto, el puerperio y la lactancia», dice.

Así es, confirma Mirna: «somos guardianas del parto y del embarazo, somos guardianas de la mujer».

Por siglos, las parteras han sido guardianas de las mujeres. Ninguna de las parteras sentadas esta mañana en el Diplomado está dispuesta a dejar morir esa tradición en el futuro cercano, aún si el Estado no las reconoce.

La partería existirá, mientras hayan mujeres que las necesiten, confirman.

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