La paulatina degradación democrática: el manual del cerco autoritario
“El problema no es solo reconocer el autoritarismo cuando ya está consolidado, sino que la clave está en identificar el momento en que empieza a construirse”.
En la última década, América Latina ha dejado de ser el escenario de golpes de Estado con tanques en las calles para convertirse en el laboratorio de un fenómeno más sutil y letal: el desmantelamiento de la democracia desde sus propias entrañas. Tomando como base la investigación «Anatomía de un cerco» de FocosTV, es posible identificar un patrón —una hoja de ruta— que hoy une puntos tan distantes como San Salvador, Caracas, Budapest o Tblisi.
El trabajo citado se basa en la historia reciente de desmantelamiento de la democracia en El Salvador. Sin embargo, no se puede analizar su deriva autoritaria ignorando los datos: el país pasó de una tasa de 106 homicidios por cada 100.000 habitantes en 2015 a una cifra que el Gobierno sitúa en 2,4 en 2023. Esta reducción drástica ha convertido a Nayib Bukele en un referente de seguridad para una región agotada por la violencia. Sin embargo, la seguridad se ha vendido como un producto que exige, como pago, la entrega total de los contrapesos democráticos. Similar a lo que hizo Cuba con su retórica de la justicia social (aunque tampoco cumplió esto).
El trabajo del medio salvadoreño, ahora en el exilio, FocosTV, describe cómo el cerco al espacio cívico se construye por etapas, permitiendo que la sociedad se adapte gradualmente a la falta de aire.
Todo comienza con la palabra, con el discurso estigmatizante. El líder señala a la prensa y a las ONG como «enemigos del pueblo». Como Andrés Manuel López Obrador en las mañaneras de México, o en la retórica contra la «casta» en la Argentina de Javier Milei. El objetivo es que, cuando llegue el golpe físico, la víctima ya esté socialmente desprestigiada.
Luego, con la captura institucional, la democracia se vacía de contenido. No se eliminan los tribunales, se llenan de leales. La reciente reforma judicial en México o la captura del proceso electoral en Guatemala son ejemplos de cómo el árbitro se pone la camiseta del equipo de gobierno.
Así el camino se vuelve irreversible con la asfixia legal. Se redactan leyes que criminalizan el pensamiento crítico bajo el disfraz de «seguridad nacional» o «transparencia». Las leyes de Agentes Extranjeros en Georgia, Hungría y Nicaragua son el mejor ejemplo: una trama legislativa diseñada para que la sociedad civil no pueda respirar ni financiarse.
Una vez que la ley ampara el abuso, la fuerza se desborda. Periodistas perseguidos, detenciones arbitrarias y la toma de redacciones se transforman en hechos cotidianos. El resultado final es un paisaje desolador: el exilio forzado. Desde Nicaragua hasta Venezuela, el pensamiento crítico hoy se escribe desde fuera, mientras el país se convierte en un eco del discurso oficial.
El caso salvadoreño es la «franquicia» más moderna y exitosa de este modelo, pero no es la única. La advertencia es clara: la eficiencia en la gestión —ya sea seguridad o economía— no debe ser el cheque en blanco que damos a cambio de nuestras libertades.
El caso de El Salvador nos enseña que la democracia no muere por un impacto súbito, sino por una serie de pequeñas concesiones. El problema no es solo reconocer el autoritarismo cuando ya está consolidado, sino que la clave está en identificar el momento en que empieza a construirse —cuando aún es posible detenerlo. Porque cuando la sociedad finalmente percibe el cerco, muchas veces ya es demasiado tarde para romperlo.
