“El presidente Nayib Bukele le habla a su voto, al que quiere como su elector”

Andrea Cristancho, jefa del departamento de comunicaciones y cultura de la UCA.

(Transcripción editada de la entrevista realizada por Karen Fernández, transmitida el domingo 7 de junio de 2020)

Andrea Cristancho, jefa del departamento de comunicaciones y cultura de la UCA. / Fotografía: Cortesía.

La especialista en comunicación política sitúa al presidente Nayib Bukele dentro de una categoría que llama “presidentes teflón”, un tipo de mandatario que a pesar de enfrentar crisis y escándalos conservan altos índices de popularidad pero que le habla a la ciudadanía como si se tratara de un elector y que se pasa llevando de encuentro la institucionalidad del Estado: “hay toda una red que, según él, no le deja realizar el objetivo que le ha sido asignado por el pueblo”, dice.

Para Cristancho, la gestión presidencial de Bukele en este primer año se basa en un modelo de comunicación centralizado, vertical y con un discurso bastante confrontativo, con un liderazgo bastante personalistas legitimado por el uso de la Fuerza Armada y con una enorme habilidad para construir un “enemigo”, “los mismos de siempre”, Arena y FMLN, que es al final el responsable de todo lo que sucede en el país. En resumen sería una comunicación más adecuada a una campaña electoral y no a la de un gobernante.

¿Qué características o patrones identifica en la comunicación y propaganda gubernamental en el primer año de gestión de la presidenciad de Nayib Bukele?

El presidente Nayib Bukele creo que se ubica bien dentro de un concepto que se llama “los presidentes teflón”, que es utilizado mucho en Colombia y Estados Unidos para referirse a presidentes que a pesar de las crisis y los escándalos que atraviesan continúan conservando altos índices de favorabilidad. La gran pregunta de estos “presidentes teflón” es por qué a pesar de las crisis y dificultades conservan estos altos índices. Yo destacaría tres elementos que generalmente tienen. Primero, estos presidentes tienen un modelo de comunicación centralizado, vertical, con un discurso bastante confrontativo. También manejan el discurso de: “No más discursos, no más palabras, no más debates, lo que importan son las acciones”. Concentran mucho su comunicación en grandes eventos de obras públicas, en estar haciendo actos concretos, específicos, como combatir la delincuencia, porque ellos rechazan lo que denominan como “politiquería” y la vieja práctica de la política; son los que actúan, en vez de hablar.

También son liderazgos bastante personalistas y en el caso de Nayib Bukele es un liderazgo personalista legitimado por la Fuerza Armada, a la que le ha dado un rol muy significativo durante su gestión. Entonces hemos tenido estas características con este presidente, pero también otra que también es muy importante, que tiene una enorme habilidad para construir a ese “enemigo” que representa al responsable de todo lo que sucede en el país, que en este caso son “los mismos de siempre”, Arena y FMLN, son los señalados como los responsables de todo lo que ha pasado.

Habla de discursos que construyen liderazgos personalistas. En el gobierno de Bukele todo funcionario y ministerio atribuyen el éxito de sus funciones a la intervención del presidente, ¿qué efectos tiene esta forma de comunicación sobre el sistema democrático?

Hay muchas consecuencias graves de este tipo de comunicación gubernamental. La primera es que comunican una falsa idea de cercanía y transparencia, al crear toda esta imagen del presidente teniendo un diálogo directo con el pueblo, sin intermediación de las instituciones. Entonces tenemos también un presidente que golpea la institucionalidad. La gente cree que hay transparencia porque está cerca, la gente cree que hay diálogo pero en realidad detrás de esa construcción; lo que hay es un discurso que sigue siendo unilateral. Esa es la primera cuestión, que se está sacrificando la transparencia en el tema de la gestión.

Otro problema es que no tenemos un proceso de comunicación que llegue a acuerdos políticos mediante el diálogo, estrechando vínculos con los distintos actores y eso es claramente un grave golpe para la democracia. Una cosa que noto también en este modelo de comunicación es cómo el presidente en su discurso confrontativo siempre señala, lo hace todo el tiempo a la institucionalidad, a la Asamblea Legislativa, a la Corte Suprema de Justicia (CSJ), a la Sala de lo Constitucional, a todos los poderes, a los defensores de los derechos humanos, a los periodistas… Hay toda una red que, según él, no le deja realizar el objetivo que le ha sido asignado por el pueblo.

Hay una relación ciudadano-pueblo en la que el Estado de Derecho pasa a segundo lugar, con la problemática que la gente entiende más los temas concretos, como delincuencia, desempleo, problemáticas económicas, lo que la literatura llama “las necesidades sentidas”, esas que se viven en la piel. Pero para la gente es más difícil entender conceptos más abstractos como transparencia, institucionalidad, estado de derecho. Para muchas personas es complejo dimensionar cuáles serían los efectos de esta problemática en su vida cotidiana.

¿Por qué es falsa la idea de cercanía que transmite el presidente Bukele?

Porque realmente no hay un diálogo ni una participación real de la ciudadanía. La ciudadanía tiene un rol totalmente pasivo, es instrumentalizada para conseguir mayor favorabilidad, para tener altos índices de popularidad. En el modelo de los “presidentes teflón” ellos son muy conscientes de la importancia de tener el favor de la gente, de buscar la persuasión. Pero en realidad la participación de la ciudadanía, el deseo de escuchar las necesidades de la ciudadanía no es un tema central. Por eso es que no es una cercanía real, mucho menos una transparencia.

Hay una falsa transparencia porque no hay una rendición de cuentas real. Por ejemplo, en el tema que se ha debatido sobre cómo se han asignado los recursos durante las dos crisis que estamos viviendo, COVID19 y lluvias. Él supuestamente sale en cadena nacional dando cuentas al pueblo, pero no acepta los controles institucionales, entonces la gente siente que es transparente porque es un líder que tiene una relación con el pueblo, que le rinde cuentas directamente al pueblo sin intermediación de otras instituciones, pero en ese sentido se está sacrificando la transparencia.

En este gobierno vivimos y asistimos a un retroceso en el ejercicio al derecho en el acceso a la información pública. Derechos como la libertad de prensa, de información o de expresión han retrocedido, pero hay gente que tiene por poder estar en una red social y expresar opiniones que ni siquiera son contestadas, porque esto es unilateral y vertical, pero la gente siente que el presidente está cerca, que lo acompaña. Como en esta coyuntura de las lluvias cuando el presidente va bajo la lluvia y la gente lo acompaña porque más que un presidente es un padre, un amigo, que viene y me acompaña. Pero en medio de esto no se está dando la información real que necesita la ciudadanía, que es su derecho.

Otra de las características de la comunicación del presidente es el uso excesivo de las emociones. ¿Cómo eso cambia la forma en la que los ciudadanos entienden conceptos como el de la democracia?

Yo primero diría que la comunicación política siempre es emocional y racional al mismo tiempo. Los seres humanos no puedes disociar esas dos características. Siempre habrá una conexión en estos dos niveles. Cualquier líder, no solo político, necesita conectarse en el nivel emocional con sus seguidores. Es una dimensión que es inevitable y que además no siempre es negativa. Creo que el problema es cuando esta conexión emocional se instrumentaliza para conseguir réditos políticos y llevar al país a criterios o incluso polarización. Por ejemplo este tipo de liderazgos, hablando de los costos para la democracia, también genera que las sociedades se polaricen. Está un grupo que quiere a Nayib y otro que no. Y a veces ambos lados tienen unos debates que van más allá de lo racional. Un tema muy claro para explicar este punto es la religión. La religión no tiene nada de malo, ni la espiritualidad, ese no es el punto. Lo malo es que estamos en un estado laico, para empezar, pero sobre todo porque se instrumentalizan los elementos religiosos para conseguir resultados políticos. Ahí es donde está la dificultad realmente. Qué bonito sería ocupar las emociones como la solidaridad, la esperanza, la empatía social que tanto necesitamos realmente en estos momentos. Pero no son las emociones, sino la manipulación.

Mientras organismos locales e internacionales o la academia, advierten sobre abusos a los derechos humanos o el deterioro de la institucionalidad, las encuestas dicen otras cosas: la encuesta del primer año de gobierno por LGP Datos le da una aprobación de un 92%, ¿cómo explica usted este contraste entre lo que la Sociedad Civil Organizada dice y la aprobación de la opinión pública?

Hay que profundizar en cómo los organismos internacionales o la sociedad civil están comunicando a la ciudadanía para lograr movilizarla sobre temas como la institucionalidad, transparencia, acceso a la información pública, incluso libertad de expresión, que son conceptos difícil de asumir. Para la gente no es tan fácil dimensionar cuáles serían las implicaciones concretas de que se sacrifican todos esos derechos, mientras que para la gente si es muy concreto que la delincuencia disminuya, que sus condiciones de empleo mejoren, que haya obras públicas, que incluso en la última cadena nacional se volvió a insistir en las acciones, en la infraestructura de los hospitales es decir en las cosas un poco más visibles que para la gente sí son concretas que sí están en su piel.

Es necesario que las personas que trabajamos, porque me incluyo en estos otros sectores, que fortalecer nuestras capacidades comunicacionales para hacer sentir, por ejemplo, qué pasaría si no tuviéramos libertad de expresión en términos más concretos o por qué estamos tan dispuestos a sacrificar a hacer de nuestros derechos por los logros en seguridad que ese es otro tema que está fuerte y que por eso la gente está dispuesta a decir “sí, que cierren la Asamblea Legislativa”, o que estos magistrados afectan la salud a la gente porque también hay otro manejo peligroso que es el tema de los discursos. Por un lado, la dificultad de poder entender esos temas que pueden ser más abstractos para la ciudadanía, pero por otro lado también los discursos dicotómicos, o es la salud o es la economía, o estás conmigo o estás contra mí y esa simplificación y reduccionismo de la realidad en el que pareciera que no hay zonas grises, pero hay muchas y tenemos que tener la capacidad de entrar a la batalla comunicacional con nuestras mejores herramientas para que la ciudadanía pueda comprender lo que está en juego al sacrificar y al ceder en esos derechos.

Parece que se trata de un grupo muy pequeño el que está preocupado por estos temas, ¿cómo explica usted estas dificultades de estos grupos pequeños, sociedad civil organizada, academia? Ya decía que no comunican adecuadamente estos conceptos abstractos pero, ¿cuál es el origen de esa dificultad para comunicar esos conceptos?

Hay un origen que está en doble vía, los orígenes están en las dos partes en quien comunica y en quien recibe la información. Por un lado, hay que reconocer que hay un sector de la población salvadoreña, y uno lo ve en los estudios de cultura política que el Instituto universitario de opinión pública de la UCA (IUDOP) ha hecho muchísimos y otras instituciones, en cómo hay un sector que ve con buenos ojos la militarización de la sociedad y en este gobierno ha sido una figura recurrente en términos simbólicos en que el presidente legitima sus acciones con la fuerza armada, de hecho sucedió en la cadena nacional y el 9 de febrero.

Todo este rol representativo en términos simbólicos y discursos se le ha dado a la fuerza armada y que es consistente con las características de un sector importante de la población salvadoreña que se siente cómodo porque la fuerza armada, no hay que olvidar la historia de El Salvador, tuvo un rol muy significativo en la sociedad y eso forma parte de nuestra cultura política indiscutiblemente. Pero ahora, en cuanto al emisor, ¿qué sucede?

Nayib, en su modelo, puede ser vertical, centralizado y con todas estas características que he señalado pero sí ha acertado en los formatos y en los lenguajes, ha acertado en la capacidad de comunicar al ciudadano de a pie. Comunicar, más que distintas medidas o un proyecto, las intencionalidades que quiere el presidente. Su imagen ha sido eficiente en entrar a este juego, en entender los nuevos lenguajes de la comunicación política, en cambio los sectores que tenemos posturas críticas, queremos meter el dinosaurio en la red social es decir, no hemos cambiado nuestros lenguajes, no hemos cambiado nuestras maneras, de comunicar, de entrar con creatividad en ese sentido. Y cuando yo digo esto la gente dice “ah es que usted quiere volver trivial los temas”, no. Es que yo puedo ser muy profundo pero en formatos nuevos, pero claro eso implicaría un cambio, una reflexión, un giro de timón radical en este aspecto.

Destacó que el presidente Bukele sabe comunicarse con los ciudadanos en sus entornos concretos, ¿qué otras alternativas de comunicación política deberían de considerarse desde Casa Presidencial?, ¿qué deberíamos esperar de la comunicación de la presidencia?

El presidente Nayib Bukele tiene una buena estrategia publicitaria. Es decir, ha logrado construir una imagen muy bien hecha, que es consistente con la cultura política de un sector de la población.

Uno de los problemas que estamos viviendo es que hay que diferenciar la comunicación electoral de la gubernamental. Este gobierno maneja la comunicación como si fuera una comunicación electoral, Bukele  le habla a su voto, al voto duro, pareciera que le hablara al que él quiere como su elector.

Entonces, deja de lado otra serie de elementos que son centrales en la comunicación de un gobierno por ejemplo, tener realmente un plan de comunicación de crisis, un plan de comunicación del riesgo, que son diferentes, una planeación más estratégica de la comunicación gubernamental, un elemento que se considere realmente que la comunicación también tiene presentes estos elementos de estrategia más asociado al marketing político pero que, sobre todo, la comunicación en el gobierno es una comunicación que implica un respeto a los derechos de la ciudadanía, la ciudadanía tiene derecho de ser informado sobre los asuntos de interés público. Es decir, no es ningún favor que le hace el gobierno a la ciudadanía y empezar por tener esa consciencia, saber que una mala comunicación en el gobierno podría poner en riesgo la vida de muchas personas es un primer paso.

En este sentido, necesitamos fortalecer las capacidades estatales para la comunicación en los gobiernos. También hay que fortalecer a los actores que pudieran ser contrapeso centrales en la actual coyuntura en estos términos comunicacionales es la sociedad civil, el mismo periodismo que atraviesa una dura situación en este momento en donde ha sido estigmatizado. Una democracia sin contrapesos, ¿qué es? No sería interesante, no estaría bien. Resumiendo, necesitamos que la comunicación vuelva a recuperar lo que es: es un derecho. Por la manera en que se vive, perdemos de vista este elemento, pero no se nos olvide que la comunicación es un derecho de todos y todas.

Puede ver la entrevista completa con Andrea Cristancho, jefa del departamento de comunicaciones y cultura de la UCA, y otras materiales de Focos en nuestro canal de Youtube o a través de este link.

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