Hambre en el corredor seco, una emergencia invisible

En 2018, el cambio climático golpeó de manera drástica al corredor seco. Sequías e intensas lluvias destruyeron más de la mitad de las cosechas de maíz y frijoles de miles de familias que dependen de sus cultivos para sobrevivir. 

En ese año el corredor seco de Honduras, El Salvador y Guatemala perdió más de 398,500 manzanas de granos básicos debido a la sequía y las lluvias extremas.

Estos eventos afectaron a 2.1 millones de personas, de acuerdo con la FAO, la agencia de las Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura. De ellas, 1.4 millones son agricultores de subsistencia que necesitan ayuda alimentaria urgente para sobrevivir.

VIVIR EN EL EPICENTRO DEL CAMBIO CLIMÁTICO

El Salvador es el corazón del corredor seco centroamericano y uno de los países del mundo más afectado por eventos climáticos extremos. La zona oriental es la más vulnerable, donde las condiciones climáticas severas concurren con los altos índices de pobreza.

Rosibel García vive en el municipio de San Antonio, en San Miguel. Su familia depende del cultivo de tule para hacer petates y artesanías que venden en los cantones del departamento. 

Sin embargo, la mitad de la última cosecha se perdió por la sequía del año pasado y no han logrado recuperarla por completo. Ahora se ven en la necesidad de comprar tule, lo que aumenta el costo de producción y afecta la economía de su familia. 

“Siempre dejábamos – tule – para estarlo tejiendo, nos abundaba, pero ya con esta seca ya no. Entonces, tenemos que salir a comprarlo para poder tejerlo”, explica.

Comprar el tule implica un gasto que no estaba contemplado antes; además del material, Rosibel tiene que pagar transporte especial, ya que no todos los buses aceptan llevar pasajeros con cargas.  

Una “maleta de tule ”cuesta de $25 a $30, pero no tiene suficiente dinero para comprar por mayor, por lo que debe viajar por lo menos cada mes para adquirirlo “petatiado”, en conjuntos de $1.5 o $3.5, dependiendo del tamaño de la vara. 

Para poder hacer esta inversión, la familia se vio obligada a reducir gastos en otras áreas, como la alimentación. “A veces uno se queda hasta sin los frijolitos, pero como no se puede menos, porque si no quedamos sin nada. Tenemos que comprar una parte de tule, aunque en la cocina vayamos más apretados”, dice.

Un día los alimentos se acabaron en la casa de Rosibel.  De no ser por la solidaridad de una vecina que les compartió maíz para hacer tortillas, la familia, conformada por cinco personas, incluyendo dos niños, habría pasado hambre. 

Rosibel tiene 8 meses de embarazo, una condición que implica más exigencias nutricionales que antes, y por ello a veces intenta priorizar su alimentación, pero lo más importante son sus dos hijos, dice:  “Mi tía intenta que yo coma un poquito mejor, porque ella me cuida, pero lo que intentamos es que los niños coman pimero, ya para uno ve después si se puede o no”. 

EL HAMBRE QUE NO SE VE

Una de las principales consecuencias del cambio climático es la reducción en la cantidad y calidad de alimentos que ingieren las familias agricultoras, señala un estudio de Oxfam, Save the Children, Visión Mundial y Catholic Relief Service. Esto, eventualmente, podría aumentar la desnutrición, advierten.

De acuerdo el estudio, al menos el 51 % de la población encuestada no tuvo alimentos en su hogar en algún momento, porque no tenía dinero para comprarlos.

El 36 % dijo que al menos un miembro en su hogar se fue a dormir en la noche con hambre porque no había suficiente alimento.

El 17% aseguró que al menos un miembro en su hogar ha pasado sin comer todo un día y una noche porque no había suficiente comida.

Usando el método de la Escala Latinoamericana y Caribeña de Seguridad Alimentaria, el estudio estima que el 85 % de las familias encuestadas vive en inseguridad alimentaria. Es decir, no tienen garantizado el acceso a una cantidad de alimentos suficiente para su desarrollo. 

José Amadeo Martínez, del municipio de San Simón, en San Miguel,  también es agricultor. Para sostener a su familia cultiva una manzana de frijol que debe alquilar por temporada, ya que no posee tierra propia. 

Pese a los esfuerzos puestos en la última cosecha, este año agotó la reserva familiar de alimentos, ya que la sequía y las lluvias afectaron gran parte de su cultivo.

“A veces nos va un poco malito, porque como, a veces comienza a llover, pero después se queda (sin llover) el invierno, entonces, ahí es donde se desvanece la planta. Ya luego nos da poco, no bastante”, lamenta. 

Junto con la producción se desvanece la alimentación familiar, afirma José, quien tiene que juntar por lo menos para pagar $15 cada temporada por el uso del terreno en donde siembra, independientemente de si la cosecha fue buena o no. 

“Ahí nos afecta bastante, porque como, a veces se desvanece la producción, pues la familia hay que llevarla un poco, algo… hay que desvanecer un tiempo de comida, hay que ir disminuyendo. Si se comía tres tiempos antes, hay que comer dos tiempos. Si comía dos, uno”, dice. 

Las organizaciones autoras del estudio instaron al Estado salvadoreño a formar una mesa interinstitucional para enfrentar lo que califican como “una emergencia invisible”, que será más profunda con cada evento climático extremo. Hasta la fecha no han obtenido respuesta. 

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