La guerra de los periodistas

Periodismo bajo fuego

El periodista Guillermo Valencia junto a su camarógrafo es detenido en un Retén militar en Chalatenango, en 1993. Fotografía: Cortesía Luis Galdámez.

Los ataques y la censura a la prensa fueron cotidianos desde la década de los 70s, con atentados a instalaciones de El Diario de Hoy, La Prensa Gráfica, YSAX, la radioemisora del Arzobispado, o la misma imprenta de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA), y los periódicos El Independiente y La Crónica del Pueblo, a eso se sumaron las tomas de radios privadas por parte de grupos que luego integrarían el FMLN.

La situación de la prensa no cambió con la entrada de la primera Junta de Gobierno Revolucionaria, en octubre de 1979, al contrario el decreto de Estado de sitio que buscó controlar las protestas públicas terminó frenando el trabajo de la prensa en general.

Pero fue hasta 1980 cuando los ataques se enfocaron en los periodistas, en matar al mensajero para callar al medio. Según recuerda, Raúl Beltrán Bonilla, quien entonces era periodista de la Agencia United Press International (UPI), la desaparición de René Manuel Tamnsen Aparicio y el secuestro de Jaime Suárez Quemain y César Najarro fueron las primeras bajas de la prensa que cubría el conflicto.

René Tamsen Aparicio, salvadoreño radicado en Estados Unidos y quien hacía reportes para la estación radial de su universidad WHUR FM, desapareció el 25 de abril, sus informes eran retomados por diferentes organizaciones de Derechos Humanos en el país norteamericano, como WOLA. Según testigos fue detenido por personas vestidas de civil cerca del parque Libertad. Su familia, estaba convencida que estaba detenido en las instalaciones de la Policía de Hacienda.

El mismo director de la policía de Hacienda, negó los hechos a la madre de Tamsen Aparicio y a la Embajada de Estados Unidos, que aunque creyó la versión del jefe policial, extraoficialmente creía que el periodista había sido víctima de grupos de extrema derecha.

La embajada publicó un anuncio de prensa solicitando información. Según Cables desclasificados, recibió una respuesta: Tamsen estaba muerto, fue capturado por la Unión Guerrera Blanca (UGB), que suponían dirigía el mayor Roberto d’Aubuisson.

La Embajada cerró su investigación en mayo de 1980 dando credibilidad a las versiones de la Junta Revolucionaria de Gobierno y sus aparatos de seguridad, cuyos personeros, incluyendo al mismo Napoleón Duarte, le dijeron en diferentes momentos no tener conocimiento del hecho.

Tamsen Aparicio nunca no apareció. Menos de dos meses después murieron dos comunicadores más: Suárez Quemain y César Najarro, capturados, torturados y asesinados, sus cuerpos aparecieron en lo que hoy es la colonia Lomas de San Francisco, en Antiguo Cuscatlán, el 11 de julio de 1980. Ambos trabajaban para La Crónica del Pueblo.

Najarro era fotoperiodista. Suárez Quemain, poeta anarquista y en sus notas se combinaba la irreverencia y la ironía, además de darle voz a la incipiente guerrilla.

“La brutalidad con que fue asesinado Suárez Quemain junto a César Najarro te ilustra que no bromeaban quienes ejecutaron eso, ni quienes estaban detrás  de esto. Te ilustra cómo había un alto desprecio por todo aquello que significara atisbo o posibilidad de fiscalizar, digamos, la función pública”, dice Carlos Domínguez, representante de Reporteros Sin Fronteras (RSF).

“Históricamente no se conoce mucho de Suárez, pero la labor que desarrolló su periódico que era La Crónica del pueblo, que era un periódico de denuncia de las atrocidades del gobierno y de los escuadrones de la muerte, de los atentados que habían en aquel momento, por eso lo mataron. Quizás no se conoce mucho porque eso fue antes de que comenzara la guerra civil oficialmente”, afirma Iván Montecinos, quien fue fotoperiodista de UPI y de AFP.

La primera baja internacional

Sin guerra declarada formalmente, la conflictividad de 1980 siguió marcando al periodismo.

La tarde del 8 de agosto, fuerzas de seguridad asesinaron al corresponsal mexicano Ignacio Rodríguez Terraza quien cubría un enfrentamiento junto al fotógrafo John Hoagland y Beltrán Bonilla, entonces ambos de UPI.

“Beltrán Bonilla venía el carro de Rodríguez, él me gritó: “¡Negro, llevo herido a Ignacio!, sígueme a la Policlínica Salvadoreña (lo que ahora es el hospital Profamilia)”, recuerda Montecinos. Según Bonilla, al hospital llegó un grupo de soldados que acusaron a los periodistas de meterse en zona de fuego. “Sí, nos metimos”, les respondió el periodista: “¡Pero ustedes nos dispararon!”, les reclamó.

El entonces fiscal general, Guillermo Guevara Lacayo aseguró que se investigaría el hecho, pero nunca se hizo. “Así quedó la historia”, dice Beltrán Bonilla. El gobierno mexicano reclamó formalmente al salvadoreño, que no hizo nada por investigar el hecho, y al final retiró a su embajador en señal de protesta.

El 21 de agosto de 1980, la Asociación de Corresponsales Extranjeros en El Salvador (SPECA, por sus siglas en inglés), exigió en una carta abierta entregada al presidente de la junta, Napoléon Duarte, que cesaran los abusos y ataques a la prensa, entre los que incluían amenazas telefónicas, intimidaciones personales, la prohibición del ingreso de periodistas extranjero y “el cese inmediato a la campaña difamatoria contra la prensa”

Demetrio Olaciregui, periodista panameño que trabajaba entonces para UPI, afirmó en Washington D.C. que “el gobierno ha hecho oídos sordos a los reclamos” de la prensa. Su caso servía de ejemplo: Olaciregui fue secuestrado, abandonado en la frontera con Honduras y luego expulsado del país. “Para la Junta, la prensa es un enemigo”, describió el panameño a la revista Perspectiva Mundial, que se editaba en Washington D.C.

Ese 1980, cerró con la muerte de cuatro personas de la estación Radio Musical de Santa Ana: Mauricio Guerra, Ricardo Luarca, Ángel Ernesto Salguero Magaña y Jorge Vides. Así como del periodista de El Independiente, Antonio Velasco y una desaparición forzada más, la de un periodista estadounidense.

Los periodistas fueron noticia de nuevo por la desaparición de un estadounidense: John J. Sullivan, periodista independiente que llegó a El Salvador respaldado con cartas de la Revista Hustler y Forbes. Desapareció el 29 de diciembre de 1980, un día después de llegar al país. Su caso escaló hasta el congreso de Estados Unidos, dónde representantes demócratas exigieron una investigación.

El gobierno de la Junta Revolucionaria negó tener información sobre su paradero. 18 meses después de su desaparición, encontraron un cuerpo abandonado en Nuevo Cuscatlán. En 1983, tras diferentes exámenes forenses se certificó que era su cuerpo. Le habían cortado ambas manos y habían detonado una granada en su boca.

La ofensiva de 1981 llevó la guerra a la ciudad por primera vez y sumó la muerte de dos periodistas más: el camarógrafo sudafricano Ian Mates, quien murió por las heridas tras la explosión de una mina en Aguilares, al norte de San Salvador, y el fotoperiodista francés Olivier Rebbot.

“El caso de Oliver, hay una foto donde está emblemático Harry Mattison lo está auxiliando y el mismo comenta que no puede asegurar quien disparó”, dice Edgar Romero.

La oficina del Socorro Jurídico del Arzobispado de San Salvador reportó 114 incidentes contra la prensa entre enero de 1980 y mayo de 1981. Entre ellos se destacaban persecución, seguimiento, amenazas y hostigamiento a periodistas; cateos y atentados instalaciones de medios locales; hasta desaparición forzada, lesiones y asesinatos de comunicadores.

En ese ambiente, no fue raro que otras cinco personas relacionadas a medios de comunicación murieran en 1981 -José Otilio Carrillo, Héctor Guerra, Jaime Castro Llerena, Juan Duarte, Juan Antonio Rodríguez- y ninguno de sus casos fue investigado.

Las elecciones para la Asamblea Constituyente, en marzo de 1982, llamó la atención de más periodistas. Entre ellos un equipo de prensa de Televisión Nacional de Chile, el viaje terminó con la muerte del camarógrafo Carlos Ruz Vieyra.

15 días después se dio la emboscada al equipo de periodistas de la televisora IKON de Holanda, hecha por el ejército el 17 de marzo, aunque el gobierno acusó a la guerrilla del FMLN de ser la responsable que con el tiempo, el esfuerzo de los familiares de las víctimas y el mismo gobierno de los Países Bajos.

En  Holanda, la noticia fue presentada por el mismo noticiero de IKON: “Ayer recibimos la noticia que Koos Koster, junto con el editor Jan Kupier, el camarógrafo Joop Willemsen y el ingeniero de sonido Hans ter Laag fallecieron en El Salvador. Sobre los hechos exactos, las noticias aún no son claras pero los supuestos informes oficiales siguen perdiendo credibilidad cada hora. Nuestros colegas y amigos fueron asesinados a sangre fría», dijo el presentador Lejo Schenk, el 18 de marzo.

Primera parte del reportaje televisivo transmitido el 29 de noviembre de 2020.

Impunidad y olvido.

La guerra formal tenía 37 meses, en enero de 1984, y El Salvador seguía siendo un punto caliente para las noticias internacionales por el interés geopolítico de Estados Unidos, donde el presidente Ronald Reagan públicamente decía que apoyaba al gobierno de turno para “construir una sociedad que garantice el libre ejercicio de la religión, la libertad de expresión y donde no se toleren las violaciones a los derechos humanos”. En el discurso, el país era un ejemplo. Todo ese interés, junto al apoyo económico al conflicto armado y las elecciones presidenciales de 1984, seguía llamando el interés de los periodistas extranjeros.

Solo para las elecciones presidenciales en las que participaban Napoleón Duarte y Roberto d’Aubuisson, se acreditaron más de mil 500 periodistas. Uno de ellos era el fotoperiodista estadounidense John Hoagland, de la revista Newsweek, un ícono para la prensa que cubría la guerra en El Salvador. “El chele” para sus amigos,  fue herido de un disparo en lo que pareció un fuego cruzado una semana antes de la celebración de los comicios en la carretera hacia Suchitoto, un poco después del puente de la Guara, donde había un retén militar. “Ahí, John, que se había salvado cuando murió Ignacio Rodríguez Terrazas e Ian Mates, muere en el momento. Con la esperanza de que se pudiera salvar los colegas sacan su cuerpo de la zona.”

Carlos Santamaría, camarógrafo que cubrió el conflicto armado desde 1973 hasta 1992, recuerda que un convoy de periodista iba hacia Suchitoto y el retén militar ordenó que se detuvieran. “El ejército te bloqueaba siempre y cuando ya te dejaban pasar, era porque habían maquillado, la zona. Pero Hoagland y otros, no atendieron el llamado de quedarse en el retén.  Ellos se fueron por un caminito, al ratito solo se oyó los disparos y  en la radio del ejército dijeron  que habían matado un gringo. Luego los compañeros trajeron el cuerpo. Era un veterano y podría ser que fue un exceso de confianza”, dice.

“Hoagland tenía la experiencia de campo por cubrir conflictos bélicos en otros países –Nicaragua y Libano- creo que resultó herido en un “fuego cruzado”; bueno, ahora que se ven los vídeos, podemos decir que sí  apuntaron a los periodistas”, dice Luis Galdámez, exfotoperiodista en los años del conflicto. Beltrán Bonilla, experiodista de UPI,

El año negro de la prensa: 1989

Para la siguiente elección presidencial se vivió el año más sangriento para la prensa que cubrió el conflicto armado. El 19 de  marzo de 1989, murió Cornel Lagrouw, camarógrafo de la televisora holandesa IKON, quien murió en San Francisco Javier, Usulután, y un helicóptero del Ejército evitó que fuera trasladado a un hospital a tiempo.

Mauricio Pineda Deleón, camarógrafo y ayudante de sonido de Canal 12, asesinado el 18 de marzo de 1989 en un retén militar de soldados del Batallón Arce, en San Miguel. Fotografía: Libro: «Los que ya no están», de SPECA.

También murió el sonidista salvadoreño del Canal 12, Mauricio Pineda Deleón, en un retén militar en San Miguel, y una noche antes, los fotoperiodista Roberto Navas Álvarez y Luis Galdámez, fueron atacados elementos de la Fuerza Aérea de El Salvador (FAES). En el hecho murió Navas y Galdámez resultó herido.

“No fue una casualidad lo que nos sucedió a nosotros en esa noche, no fue casualidad de que por la mañana del 19 hayan atacado un vehículo en un retén en San Miguel y lo de Lagrouw. Había una orden de disparar primero y luego pregunta a todo aquel que les parecía sospechoso, y la prensas siempre ere sospechosa para los militare”, analiza Galdámez. Aunque hubo promesas de investigar los hechos, solo uno de ellos, el de Pineda, llegó a juicio y el veredicto fue absolutorio, en un juicio en el que existieron amenazas al jurado por parte de elementos del Ejército.

En noviembre de 1989, estalló la última ofensiva del FMLN, donde morirían los fotoperiodistas Dagoberto Aguirre Cornejo, quien fue herido en San Marcos, al sur de San Salvador y su cuerpo apareció con señales de tortura en el barrio San Jacinto, reconocido por sus familiares entre 27 cuerpos más; y el inglés David Blundy, quien murió de un disparo hecho por un francotirador en el municipio de Mejicanos.

Cuando  parecía que la ofensiva había terminado Eloy Guevara Paiz, fotoperiodista contratado por la agencia AFP, fue abatido por un tiro el 1 de diciembre de 1989. Con la cámara al hombro, fue el único herido cuando caminaba en Soyapango, a pocos kilómetros de San Salvador, junto a miembros de la Cruz Roja.

La guerra terminó sin procesos de investigación ni condenas judiciales para todo los casos contra periodistas; mucho menos el de otros comunicadores a los que se les vinculó con alguno de los bandos en conflicto, como los miembros del Centro de Información Nacional de la Fuerza Armada: José Ceballos, Aníbal Dubón, Óscar Herrera,  Alfredo Melgar y Elibardo Quijada, asesinados por el FMLN y cuyos cuerpos calcinados fueron encontrados en la colonia Escalón, en San Salvador, el 29 de noviembre de 1989. “De ellos, ni los periodistas ni el gobierno volvió a hablar. Esas muertes están en el olvido.”

Tampoco se investigó a profundidad la muerte de los salvadoreños Jorge Euceda y Pedro Martínez Guzmán, quienes trabajaban para medios mexicanos y nacionales, que murieron en un extraño accidente vehicular en la carretera panamericana en Usulután.

Krista Bradford, presentadora del programa The Reporters, de Estados Unidos, a finales de 1989 describió a El Salvador como “un país siniestro donde las muertes a sangre fría son aceptadas como  parte de la vida cotidiana: escuadrones de la muerte, asesinatos, cuerpos tirados en las calles Alrededor de dos docenas de periodistas han muerto cubriendo la guerra civil aquí. Y la mayoría de estas muertes no son accidentales.”

“Hay una lista incompleta de casos de periodistas asesinados en la guerra, porque muchos trabajaron para medios que eran muy pequeños que de la noche a la mañana desaparecieron o porque se les vinculó con alguno de los bandos en conflicto”, dice Edgar Romero, del Centro de la Fotografía de la Fundación Latitudes.

En la actualidad, solo el caso de la emboscada y asesinato de los cuatro periodistas holandeses de IKON en 1982 está en investigación por la Fiscalía. La causa de Pineda Deleón está cerrada con el veredicto absolutorio del único acusado.

Tampoco hubo alguna investigación en del primer corresponsal asesinado en la guerra, Ignacio Rodríguez, por quien un grupo de amigos presentó una petición de investigación en junio de 2010 al entonces presidente Mauricio Funes. La misma se volvió a hacer cuatro años después, cuando se envió una nueva petición al presidente y excomandante guerrillero Salvador Sánchez Cerén. Nunca hubo respuesta.

Segunda parte del reportaje televisivo transmitido el 29 de noviembre de 2020.

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