José M. Vivanco: “La popularidad de un presidente no lo legitima para hacer lo que se le antoje”

Director para las Américas de Human Right Watch (HRW, por sus siglas en inglés) ahonda en las críticas que ha hecho al presidente Nayib Bukele en las últimas semanas y asegura que los ojos de la comunidad internacional de derechos humanos y de su organización en particular no solo están puestos en el Ejecutivo salvadoreño. Pero a su juicio, considera que Bukele ha dado muestras de acciones autoritarias y de rompimiento con el estado de derecho salvadoreño que obligan a seguir más de cerca las medidas que él y su gobierno han tomado durante la crisis por Covid-19.

En todo el mundo la emergencia del COVID-19 llevó a promulgar leyes de emergencia que otorgan poderes adicionales al Ejecutivo y restringen los derechos de los ciudadanos ¿Por qué las medidas del presidente Nayib Bukele alarman a la comunidad internacional de forma particular?

J. M. V.: Son varias las razones las que explican la crítica desatadas a nivel internacional por las prácticas y políticas de Bukele frente al coronavirus. En primer lugar, porque su enfoque es típicamente militar y punitivo; no es un enfoque de una política pública preventiva, inspirada en una preocupación concreta y real de mantener la salud pública de la población, evitando  el contagio, preparando y educando a la población respecto de los riesgos del contagio y al mismo tiempo buscando paliar los desafíos, los problemas que esto representa desde el punto de vista de la salud pública.

Quizás el problema central que tiene la política de Bukele es que él desde un principio consideró que aquellos que violaban la cuarentena debían ser sancionados trasladándolos a unos llamados centros de contención por un máximo de 30 días. En primer lugar en esos centros no existen las condiciones necesarias desde el punto de vista médico para evitar el contagio, ni para asegurar los servicios de salud necesarios para aquellos que lleguen contagiados o se puedan contagiar. Más aún, las propias directivas de Bukele y su equipo de gobierno amenazaban constantemente a la población con que, si no respetaban la cuarentena, podían ser detenidos y trasladados a estos centros donde podían ser víctimas de contagio.

El contagio lo promovían y lo sigue promoviendo como una fórmula de atemorizar a la población para que se quede en cuarentena. Lamentablemente el riesgo de contagio es alto y, de hecho, hubo contagios y personas víctimas de estas políticas, porque no tenían el coronavirus y se contagiaron en estos centros.

Esta no es solo la crítica de aquellos que participan del debate público en El Salvador, tanto a nivel interno como a nivel internacional, es la crítica que formuló nada menos que la propia Corte Suprema de Justicia (CSJ), que en tres oportunidades consecutivas criticó al Ejecutivo y le solicitó que se abstuviera de detener personas y que los trasladen a estos centros de contención simplemente por violar la cuarentena. Nosotros hemos verificado que hay muchos que han pasado mucho más de 30 días y siguen en esos centros. Sin embargo, Bukele, ante las resoluciones y decisiones de la CSJ,  ha decidido ignorarlas y desafiarlas públicamente, con lo cual se encuentra en un abierto desacato con el máximo tribunal que es el que interpreta la constitución.

Sin embargo, el presidente Bukele justifica la severidad de sus medidas argumentando que El Salvador tiene un sistema de salud débil. ¿En ese contexto y en un período excepcional como este, no es hasta comprensible que algunos derechos humanos se vean restringidos?

J. M. V.: Todo el mundo entiende que hay que restringir frente a una emergencia de la naturaleza que no es una broma, esto es un problema serio, es la crisis de salud más grave que ha sufrido el planeta en los últimos años. Y todo el mundo entiende que, ante un desafío de esta naturaleza, hay que restringir el ejercicio de algunos derechos, siempre dentro de un  marco de respeto a la Constitución y al Estado de Derecho.

Es perfectamente comprensible que el Estado adopte medidas que temporalmente restrinjan el derecho de reunión, el derecho de circulación, pero eso es muy distinto a obligar a la población a exponerse a una virtual detención en un centro de contención que no está capacitado para evitar el contagio y para asistir y entregar el tratamiento médico necesario para aquellos que puedan contagiarse.

Al mismo tiempo, si la CSJ cuestiona este tipo de políticas, el Gobierno debe hacer lo justo, lo necesario por ajustar su política, modificarla, reformarla, para estar en consistencia con lo que pueda determinar la Corte. Y la CSJ ha dicho reiteradamente que no se puede detener a una persona y mantenerla confinada en contra de su voluntad, es decir, bajo control policial, durante estos periodos de 30 días, a menos que se trate de alguna persona que ya esté contagiada o que existan sospechas serias de estos contagios.

Sin embargo, ante este tipo de reclamos y entendiendo que estos centros de contención improvisados no cuentan con las garantías mínimas para evitar el contagio, Bukele sigue impulsando a ciegas, es decir, autoritariamente, ejerciendo un control que hoy día no tiene controles o fiscalización en el ámbito interno en El Salvador, haciendo valer su voluntad por encima de las preocupaciones y las objeciones institucionales que han surgido en El Salvador.

¿Puede calificarse esta actitud autoritaria como un rasgo de la presidencia de Bukele que no se limita a la atención de la pandemia?

J. M. V.: Creo que no hay un ejemplo similar, al menos en esta región, y es difícil encontrar en el resto del mundo un enfoque así en un país democrático. Obviamente no estoy hablando de lo que pudiera ocurrir en Cuba, que no es una democracia, que es una dictadura, o el régimen control que imponga Duterte, en filipinas, o el gobierno chino, en China comunista, donde no existen los controles propios de un sistema democrático.

La particularidad de El Salvador es que, a pesar de ser un país pequeño, con una democracia muy joven, cuenta con un desarrollo institucional importante. Y son instituciones judiciales, en este caso, la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia, que han tomado su rol, su función seriamente, son quienes interpretan reiteradamente nada menos que la Constitución del país y le exigen al Ejecutivo abstenerse de cometer abusos, ante lo cual se responde con un descarado desacato.

Ahora, usted me pregunta si esta política del señor Bukele en El Salvador, con motivo del coronavirus, refleja además una personalidad, o un estilo de Gobierno autoritario; eso es efectivo. Lo vimos el 9 de febrero, cuando el señor Bukele quiso persuadir, entre comillas, a los legisladores para que le aprobaran autorización para conseguir y negociar un préstamo del BCIE de $109 millones. Insisto, “persuadirlos” con el uso de la fuerza bruta, disponiendo que el Congreso fuera rodeado por militares, con armas largas,  Luego, el propio Bukele ingresando acompañado del Ejército a la plenaria, en un acto que desde los tiempos de recuperación de la democracia y ni siquiera en los gobiernos dictatoriales de El Salvador jamás sucedió un acontecimiento de esta naturaleza.

Felizmente el actual presidente de El Salvador aparentemente tiene un talento, un don, muy particular que no lo tiene cualquiera y es que puede comunicarse con Dios: Él sostuvo que, mientras estaba ocupaba militarmente el Congreso, pudo comunicarse con Dios, y Dios fue el que le aconsejó ser paciente con los legisladores y darles una semana más para que aprobaran su solicitud, lo cual me parece que es una gran noticia, que la democracia salvadoreña, incluyendo los legisladores, se hayan salvado de una decisión aún más brutal de Bukele, gracias a que este señor recibió los consejos del Todo Poderoso durante esa embestida de las instituciones del Congreso salvadoreñas.

Todo esto me parece que pinta un cuadro muy peligroso de los antecedentes de este señor, de su  manera de gobernar, de los esfuerzos que hace por intentar justificar, o legitimar sus acciones, donde llega incluso al extremo de argumentar que él tiene una capacidad que ningún otro ser humano tiene en la tierra, quizás el Papa para los creyentes, de comunicarse directamente con Dios y recibir instrucciones de él.

En otra entrevista usted decía que El Salvador va camino de convertirse en otra dictadura latinoamericana. Este es un escenario muy grave ¿Qué elementos le llevan a pensar que Nayib Bukele puede intentar tomar control total del Estado?

J. M. V.: Bueno, lamentablemente en América Latina tenemos precedentes, y muchos, de este tipo, incluyendo al propio Chávez en Venezuela y Fujimori, en Perú, que fueron electos democráticamente, es decir,  sobre la base de un proceso electoral competitivo, donde no hubo evidencias de fraude y que fue objeto de fiscalización interno e internacional. Sin embargo, luego empiezan a ejercer el poder de una manera autoritaria, de una manera dictatorial.

La legitimidad en democracia no solo es de origen, sino también de ejercicio, es decir, un gobierno debe ser el producto de un proceso electoral limpio, pero también, una vez en el poder, debe conducirse de una manera que respete los valores democráticos, las instituciones democráticas, la separación de poderes. Toda la conducta de Bukele hasta la fecha, refleja un desprecio profundo por las instituciones democráticas del país y el ejemplo probablemente más significativo es su rebeldía ante los reiterados fallos de la CSJ.

La opinión respecto del estilo autocrático del actual gobernante de El Salvador es una opinión que está tomando fuerza a nivel internacional, y hoy día me atrevería a decir que hay un verdadero consenso. Eso lo reflejan las principales publicaciones del mundo, tanto en Alemania, como en Inglaterra, Estados Unidos, Europa y América Latina, los principales medios editorializan y publican artículos propios que reflejan esta preocupación. El más reciente es el de la revista The Economist, probablemente la publicación más influyente a nivel global, que lo describe a Bukele como un próximo dictador millennial a nivel latinoamericano y quizá el primero tan joven que ha habido en la región.

Su forma de gobierno, su falta de respeto por la separación de poderes, las manipulaciones que hace en términos de opinión pública, las amenazas constantes que hace a la sociedad civil, a los medios de comunicación, a quienes no coinciden con sus ideas o propuestas, a quienes le critican, incluyendo a la Procuraduría para la defensa de los Derechos Humanos (PDDH), a la Fiscalía General de la República, a los legisladores. Todos ellos, de cruzarse en el camino de Bukele son inmediatamente objeto de todo tipo de estigmatización, agresión y amenazas.

Además de las publicaciones en medios internacionales ¿Cómo califica la reacción de la comunidad internacional hacia las actitudes autoritarias del gobierno salvadoreño?

J. M. V.: Las organizaciones de Derechos Humanos creo que ya tienen una opinión unánime, tanto a nivel de Naciones Unidas como a nivel de la OEA, en cuanto a la preocupación y a la calificación de Bukele en el contexto regional como el Gobierno que está dando los pasos más peligrosos y acelerados de retroceso democrático. Muchos de estos órganos y autoridades con preocupación ven que Bukele muy pronto se va a graduar de caudillo y va lograr a acumular suficiente poder, porque es un hombre que según las encuestas es aún muy popular en El Salvador y fuera del país, pero que va a seguir tomando decisiones y promoviendo políticas restrictivas en cuanto a derechos y libertades, y también medidas que erosionan, socavan los principios básicos de la democracia y el Estado de Derecho aún muy joven, pero importante.

Otra ha sido la actitud de los órganos multilaterales, especialmente de la OEA y su secretario general, quienes han mantenido un repudiable silencio frente a esta conducta y estas medidas adoptadas por Bukele y que lesionan principios básicos en materia de democracia, valores democráticos.

¿Cómo explica el silencio de Almagro y del gobierno estadounidense, que tampoco se ha pronunciado?

J. M. V.: Son dos cosas distintas, a ver. En el caso del actual gobierno de Trump, aparentemente la razón que explica su silencio está en que Bukele opera sin mayores objeciones las políticas migratorias que promueve Trump.

En el caso de Almagro, quien ha sido muy locuaz, crítico, y con toda razón, de la dictadura de Maduro, en Venezuela, de la dictadura cubana, y recientemente del régimen también dictatorial de Ortega; en el resto de la región, en lo que va del año, ha mantenido en silencio. Muchos decían que el silencio de Almagro se debía a que estaba postulándose a la reelección, una reelección que se dio en el mes de marzo, y como estaba en camino a la reelección tenía que cuidar los votos y no podía hacer declaraciones que afectaran su apoyo electoral. Pero Almagro ya fue reelegido y sigue sin manifestarse, sin pronunciarse en condiciones donde, por ejemplo, en el caso de El Salvador se ha producido una abierta vulneración del principio de separación de poderes.

Esto le hace un gran daño a la credibilidad de la OEA y su secretaría general, porque las críticas que se formulan a Venezuela, Nicaragua y Cuba son perfectamente justificadas, pero hay siempre que respetar la consistencia de los principios, de la aplicación de los principios. No se pueden aplicar selectivamente a unos casos y hacer la vista gorda respecto de otros casos donde también se están produciendo retrocesos, y es necesario aplicar exactamente las mismas reglas, no ignorar esas crisis como la que se está dando en El Salvador, simplemente porque el corte ideológico, el rasgo ideológico del gobierno de turno es distinto.

Usted también dijo en otra entrevista que, con la irrupción militar en la Asamblea, el presidente había logrado una mala imagen internacional del país. Con la popularidad que tiene el presidente a nivel nacional, ¿por qué debería de preocuparle lo que se piense de él fuera de estas fronteras?

J. M. V.: Uno, la popularidad de un presidente no lo legítima para hacer y deshacer lo que se le antoje, simplemente porque es popular. Salvo en una dictadura. En un sistema democrático de Gobierno existen parámetros que hay que respetar, independientemente de la popularidad que pueda tener el gobernante de turno.

Las garantías y los derechos básicos constituyen unos mínimos que hay que respetar, y toda la institucionalidad democrática que se construye a través del desarrollo de un poder judicial independiente, de unos mecanismos de control y de fiscalización, y de un Congreso que ejerce sus fueros como un poder independiente del Estado que legisla y que puede objetar, insistir o vetar decisiones del Ejecutivo, son parte de lo que es un desarrollo institucional para evitar que un déspota llegue al poder por la vía de las elecciones y luego lo ejerza de una manera caprichosa, violando estas garantías y persiguiendo a quienes no coinciden, no comparten su punto de vista, implementando, impulsando la censura, por ejemplo.

Esas son las reglas del juego democrático, esas reglas del juego no se respetaron durante el Gobierno de Fujimori ni se respetaron durante el Gobierno de Chávez, menos aún durante el Gobierno de Maduro. Fujimori fue inmensamente popular en los 90 y logró introducir reformas, mejorar las condiciones económicas del país, hacer reformas que contaron con gran apoyo popular, pero gobernó sobre la base de la corrupción, la amenaza, el abuso y sistemáticas violaciones a los derechos fundamentales además de una enorme concentración de poder. Luego Fujimori cayó, perdió el poder y hoy día lleva varios años en prisión, en Perú, juzgado por sus propios pares, tanto por violaciones a derechos humanos como corrupción.

Lo que pueda opinar la comunidad internacional de cualquier gobierno es importante, especialmente en un mundo tan globalizado como en que vivimos, sobretodo tratándose de países que dependen de las buenas relaciones diplomáticas que puedan tener con el resto del mundo y países que cuenten con recursos naturales propios, fuertes, valiosísimos, que les pueda permitir darse el lujo de reírse de lo que opina la comunidad internacional. Ese no es el caso de El Salvador, creo que al Gobierno del  actual, el señor Bukele, debería importarle, y mucho, el concepto, la opinión que se está formando el resto del mundo de su forma de gobernar, en particular con respecto a Estados Unidos.

En Estados Unidos felizmente el ejercicio del poder está profundamente fragmentado. Trump podrá estar en la casa Blanca, probablemente hasta noviembre, quizás más allá de noviembre, pero existe un Congreso que ejerce su fuero de manera vigorosa y existe también otras instancias, incluyendo los medios de comunicación, que tienen una protección constitucional y constituyen un poder independiente del Estado Democrático. Si la percepción que tiene el Congreso de los Estados Unidos es que en El Salvador se está consolidando un régimen que puede llegar a ser dictatorial, eso indudablemente que tendrá consecuencias para la relación bilateral entre el Gobierno de los Estados Unidos y el de Bukele.

¿Qué elementos hay para creer que el Congreso de Estados Unidos tiene una opinión diferente a la del presidente Trump?

J. M. V.: Sí, de hecho ya ha habido pronunciamientos muy importantes, tanto en la cámara, con el pronunciamiento reiterado del presidente de la Comisión de asuntos exteriores de la cámara. Recuerde usted que la Cámara Baja está bajo el control del partido demócrata y el presidente del Comité de Asuntos Exteriores (Eliot Lance Engel) se ha manifestado en reiteradas oportunidades criticando lo que está ocurriendo en El Salvador bajo el Gobierno de Bukele, precisamente por la falta de respeto al estado de derecho. También lo ha hecho, independientemente de la Cámara, un senador que es probablemente de los más influyentes del senado, que es el senador Patrick Leahy, es el senador más antiguo del Congreso, la antigüedad en los Estados Unidos tiene un peso en particular y es el vicepresidente del Comité de Asignaciones,  que quién decide la cooperación internacional de los Estados Unidos con el resto del mundo.

El senador Leahy ha formulado una declaración bastante fuerte criticando la conducta del Gobierno de El Salvador y creo que eso datos que estoy aportando no son menores y dado que hay editoriales del Washington Post, editoriales del Miami Herald, y opiniones incluso de columnistas muy influyentes del sector de derecha de los EE.UU , del Wall Street Journal, que han criticado en términos categóricos y contundentes al Gobierno de Bukele, creo que esa percepción puede fácilmente convertirse en la opinión mayoritaria, no necesariamente, insisto, en el Departamento de Estado y en la Casa Blanca, mientras esté el Presidente Trump en el Gobierno, pero sí a nivel del Congreso.

El presidente ha señalado a las organizaciones de derechos humanos internacionales de responder a oscuros intereses de sus financistas y señaló abiertamente al empresario George Soros como uno de los que buscan desestabilizar su gobierno por motivos que no ha explicado ¿Qué piensa de esta reacción del presidente?

J. M. V.: Mire, los pronunciamientos, los tuits del presidente Bukele, contra organizaciones de derechos humanos, contra entidades de la sociedad civil, evidentemente que es muy preocupante y reflejan un grado enorme de intolerancia a la crítica. También reflejan un grado de desesperación donde fácilmente cae el presidente Bukele en campañas de estigmatización, en campañas de amedrentamiento.

Bukele hace algunas cuantas semanas decidió bloquearme de su cuenta de Twitter, así yo no puedo directamente ver lo que él dice de su cuenta y si yo comento, él no lo ve tampoco. Sin embargo, el sábado pasado me desbloqueó por unos minutos. Me desbloqueó y es algo llamativo y yo diría muy revelador de las maneras cómo opera. Me desbloqueó, no para que yo tuviera acceso a su cuenta, sino para entrar en mi cuenta y retuitear un comentario que hice hace algún tiempo, felicitando al prestigioso filántropo George Soros por un premio que recibió y luego me bloqueó de nuevo. Cualquiera que no estuviera al tanto de los detalles se preguntaría: “¿al retuitear mis halagos a Soros lo hace porque coincide conmigo y se suma a las felicitaciones para este filántropo y que ha tenido una incidencia muy importante a nivel global o no?”.  Creo es que lo hizo para mostrarle a sus regimiento o ejército de troles, de aparatos y de máquinas y de algunos fanáticos que lo siguen, que yo era uno de esos admiradores de Soros. Y como en El Salvador algunos sectores, desde hace ya algún tiempo se han dedicado a estigmatizar a este filántropo, él lo que quiso hacer  fue preparar el terreno para demostrar que yo tenía admiración por Soros y darles munición a estos sectores para que se despacharan en las redes sociales, mostrar una evidencia de mi conexión con él. Exactamente lo que está haciendo el dictador Viktor Orbán en Hungría, lo curioso es que es Bukele es el primer jefe de Estado latinoamericano que se suma a esta campaña de desprestigio, esta campaña sucia que se está promoviendo a nivel de algunos países controlados por regímenes dictatoriales contra George Soros. Y eso es muy revelador de su personalidad, muy preocupante por lo que pueda ocurrir y por lo que pueda venir en El Salvador y es un dato que creo que hay que tener muy presente.

¿Existe una oposición particular de su parte hacia el presidente Bukele?

J. M. V.: Nuestra misión como organismo internacional de promoción y defensa de los derechos humanos en todo el mundo es examinar las condiciones de estos en todo el mundo e informar a la comunidad internacional, con regularidad de aquellos casos que nos parecen de mayor preocupación.

Nuestro propósito obviamente es mejorar el ejercicio de las libertades públicas y de los derechos básicos y defender el sistema democrático y el estado de derechos, al margen de las filiaciones políticas e ideológicas de los gobiernos de turno.

Nosotros hacemos nuestro trabajo de una manera altamente profesional, con una metodología de trabajo que es muy rigurosa, donde estamos permanentemente aplicando estándares internacionales en materia de derechos para examinar las prácticas y las conductas de los diversos gobiernos. Y son exactamente los mismos estándares los que aplicamos a gobiernos de distinto carácter ideológico. Nos tiene sin cuidado cuáles pueden ser las filiaciones, si son de izquierdas o de derecha, si son musulmanes o cristianos, si son del primer o del tercer mundo, todos los estados los juzgamos con la misma vara. Creemos que la causa de los derechos humanos es una causa universal. Si uno parte de la base de la universalidad de estos derechos básicos, entiende entonces que no hay ningún contexto que pueda justificar la represión de estos derechos o el abuso de poder.

El Salvador para nosotros constituye un caso importante porque hay instituciones democráticas en, concretamente a nivel de aparato judicial, pero también hay una sociedad civil vigorosa, hay medios de comunicaciones independientes que ejercen sus funciones, hay un poder legislativo que está en funciones y, por lo tanto, creemos que en muy importante defender ese espacio e impedir que por el populismo y los caprichos de quien gobierna hoy día en El Salvador, pase a convertirse en una dictadura más.Hay unas reglas del juego importantes, que se han consagrado a nivel regional, específicamente la Carta Interamericana que creemos que es un buen parámetro para ir midiendo la conducta y las prácticas y los retrocesos que se puedan seguir dando en El Salvador. Pero igual como examinamos la situación de El Salvador estamos permanentemente registrando y denunciando abusos en este sentido en las condiciones de Derechos humanos en países tan importantes como México, como Brasil, en Estados Unidos, Nicaragua, en el caso de Suramérica: Colombia y Venezuela son prioridades importantes. Hacemos un gran esfuerzo por estar documentando y examinando permanentemente en toda la región. Esto no es un examen selectivo de un solo país es cuestión de visitar nuestra página web y verán como hay información relevante que permite formarse una opinión de lo que ocurre en toda la región.

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