La brecha digital o el abismo de los estudiantes sin internet

El teléfono celular se ha convertido en la principal herramienta para la educación a distancia obligada por la pandemia de COVID-19. El problema es para comunidades donde la conectividad es poca o nula.

Una brecha es una ruptura o separación. La “brecha digital” es eso, la división entre quienes tienen acceso y conocimiento de las tecnologías de la comunicación y quiénes no. Esteban, de 15 años, jamás escuchó la frase “brecha digital” pero la define bien cuando explica las dificultades que ha tenido en los últimos meses para continuar sus estudios desde su casa, sin acceso a internet y a una computadora.

“Siento que este año he aprendido menos, casi la mitad de lo que aprendí el año pasado. Algunas cosas no las entiendo y me toca irme al internet en el celular, pero aquí no hay señal, cuesta encontrarla y hay que salir a buscarla afuera”, dice.

Esteban estudia el noveno grado en el Centro Escolar del cantón Santa Rosa Senca, en El Porvenir, a solo 18 kilómetros del centro de Santa Ana. Pese a esa cercanía con la ciudad, tanto el cantón como la escuela son espacios en blanco en el mapa de cobertura telefónica del país.

Desde que la pandemia de coronavirus obligó a las escuelas a cerrar, los maestros se las ingeniaron para seguir comunicándose con sus alumnos y para ello el internet, esa red global de redes informáticas que nos puede conectar en segundos con cualquier persona al otro lado del mundo, es fundamental. Pero para acceder a ella se requieren elementos que en el país siguen siendo un privilegio.

En primer lugar, se necesita de un dispositivo capaz de conectarse. En El Salvador, según la Dirección General de Estadística y Censos (DIGESTYC), solo uno de cada diez hogares tiene una computadora. Los celulares, en cambio, están presentes en 9 de cada diez hogares y son la vía más usada para conectarse al internet.

De ahí surgió una modalidad de educación a distancia vía Whatsapp que, según el Ministerio de Educación (Mined), usan actualmente 25 mil profesores en todo el país. Los maestros envían guías escritas a los alumnos por la aplicación de chat y los niños y jóvenes copian las clases en sus cuadernos.

A Esteban esta modalidad no le parece. Transcribir del celular al papel no se equipara a las explicaciones de sus maestros con el pizarrón y solo uno de ellos; el profesor de matemática, graba y manda videos con explicaciones. En ese caso la dificultad está en encontrar suficiente internet para descargarlos. Para lograrlo, Esteban sube al terreno arriba de su casa, donde viven familiares suyos, y donde a veces, dependiendo de la hora, el indicador del celular marca una o dos barras de la señal. Si no lo logra, debe recorrer el cantón buscando lugares altos para lograr la conexión.

Con los contenidos de ciencias, que en el noveno grado incluyen materias complejas, como química y física, las cosas se dificultan todavía más. Para Esteban, sin videos donde le  expliquen, los números y letras parecen jeroglíficos en su pantalla.

La brecha digital también aplica para los educadores. En los últimos meses, la suspensión de clases presenciales por el coronavirus, obligó al Mined a capacitar a los docentes de forma exprés para impartir contenidos en línea. Pero no todos tienen las herramientas para lograrlo. El ministerio asegura que repartió 9 mil computadoras a docentes, pero esta cifra abarca a menos de la quinta parte de todos los profesores del país. La ministra Carla Hananía Varela dijo en una conferencia de prensa que tendrán que solicitar apoyo presupuestario para entregar más equipo.

Los pasos para saltar la brecha digital

“El aprendizaje de un joven que no tiene suficiente internet para ver sus clases, será inferior a la del muchacho que tiene buena conexión, cuando debería ser que ambos tengan exactamente el mismo acceso la información”, señala Felipe Torres, director de la Cámara Salvadoreña de Tecnologías de Información y Comunicaciones (CasaTIC). “Por la brecha que existe en términos de tecnología, eso no ocurre y obviamente crea una desventaja entre ambos estudiantes”, explica.

En Santa Rosa Senca no solo los estudiantes, sino la población en general está limitada del acceso a internet y, por tanto, en desventaja en cuanto a las oportunidades de desarrollo que están asociadas a la conectividad.

“Hoy día mucha gente queda excluida de poder hacer negocios o de poder acceder a la educación o queda excluida de poder acceder a servicios del gobierno porque no tiene el conocimiento sobre tecnologías de la comunicación o la conectividad a ellas”, advierte Torres.

A Santa Rosa Senca hace algunos años llegaron dos oportunidades de saltar la brecha digital. El Gobierno de Salvador Sánchez Cerén prometió llevar internet a la escuela del cantón como parte del programa “Una niña, un niño, una computadora”, que pretendía facilitar el acceso y uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación al mayor número posible de estudiantes salvadoreños, pero la promesa desapareció cuando las compañías seleccionadas por las autoridades para desarrollarlo no tuvieron interés en ampliar su cobertura a la comunidad, conformada por unas 1,500 personas.

Para Torres, la decisión de qué territorios tienen o no conexión a internet, no debería dejarse en manos de la empresa privada. “En lugares que son un poco más remotos, donde para las empresas no es económicamente viable llevar conectividad, es el gobierno quien tiene el rol social de poder garantizar que exista la infraestructura necesaria para la comunicación con el resto del país”, señala.

El director de CasaTIC, cree que el Estado debe promover la conexión digital universal, que es un concepto más amplio que la accesibilidad al internet, pues también toma en cuenta criterios como la asequibilidad, la calidad y el derecho a la información. En la Asamblea Legislativa, Arena impulsa un proyecto de ley que toma en cuenta esos aspectos, pero Torres advierte que esa iniciativa deja de lado un elemento fundamental: las herramientas para medir la brecha digital.

De acuerdo con él, actualmente el país no cuenta con las herramientas para medir el alcance de la brecha digital, por lo que usualmente se estima con los datos de las compañías telefónicas sobre la cobertura de la señal.

“Se debería definir a la Digestyc como la encargada de definir los indicadores de la brecha digital y medirlos. No podemos mejorar si no podemos conocer la situación en la que estamos”, dice.

Mientras, alejados de la discusión técnica, Esteban vive las repercusiones de la brecha digital, unas que van más allá de lo técnico y toca hasta su autoestima: dice que no se siente bien. Las dificultades planteadas por la educación digital en el contexto de la pandemia frustran sus sueños de ser otra cosa además de agricultor, la principal actividad económica en Santa Rosa Senca.

–     No me siento bien porque mi plan que tenía era ir a bachillerato a ver si sacaba el bachiller, pero ya así no creo yo que pueda.

–     ¿Por qué?

–     Porque no voy a aprender lo mismo. Si sigue así no voy a aprender nada en noveno y tampoco en bachillerato.

–     Y si el otro año siguen estudiando a distancia ¿qué harías?

–     Ya no estudiaría.

–     ¿Qué carrera querías sacar?

–     Mecánico.

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