Revertir el devenir autoritario exige poner la lupa en 2024

Por Valeria Peralta

Los resultados de las elecciones de 2019 y 2021 evidenciaron el surgimiento de una nueva fuerza política que agudizó la debacle de los partidos tradicionales. Si bien los otros partidos nuevos obtuvieron un escaño cada uno, no supieron conquistar de manera significativa el voto de los electores. Las razones podrán discutirse, pero no serán objeto de este análisis. Lo importante aquí es el fortalecimiento del pluralismo y de la competencia política de cara a las próximas elecciones. Si se recalca la importancia del pluralismo es porque constituye un principio sustancial de la democracia, ya que reconoce la diversidad y heterogeneidad de la sociedad. De igual forma, si se insiste en la importancia de la competencia política es porque su carácter democrático depende de la igualdad de condiciones de los competidores.

Los partidos políticos requerirán de mucha innovación, estrategia, empatía y reconexión con la ciudadanía; es decir todo aquello que evidentemente les faltó en las pasadas elecciones, o más bien que se resistieron a hacer. En primer lugar, si realmente desean continuar en el espectro político, los partidos tradicionales deberán abandonar su parálisis y contemplar seriamente su renovación y modernización o, eventualmente, su refundación. No pareciera lógico seguir buscando financiamiento si lo que prima y comanda es su ceguera y falta de voluntad política. Un simple análisis de costo-beneficio sería suficiente para no apostarle a sus proyectos; sin embargo, su desaparición disminuiría aún más el pluralismo político. La gran ventaja de estos partidos es que tienen la experiencia de la fuerza territorial, herramienta clave que deberán recuperar y usar a su favor.

Por otra parte, si los otros partidos nuevos buscan representar una alternativa y alcanzar relevancia en la arena política, deberán pensar en grande. Estos partidos nuevos cuentan con valiosos esfuerzos a favor de la transparencia y la lucha contra la corrupción; sin embargo, deben saber capitalizarlos. Es importante que además del trabajo de incidencia que realizan, fortalezcan su presencia territorial y despierten el interés de la ciudadanía, lo cual es fundamental para conocer las demandas de sus potenciales electores y aumentar su popularidad. Asimismo, deben saber equilibrar la balanza entre inclusión y capacidad de sus candidaturas.

Antes de pedir el voto nuevamente, el partido mayoritario deberá demostrar resultados reales, medibles y sostenibles de su gobierno, pero sobre todo deberá demostrar que no se burló del hartazgo ciudadano, utilizando ese sentimiento a su conveniencia para intentar perpetuarse en el poder.

De no hacer la tarea que les corresponde (a los partidos existentes), sería deseable que aquellas voces que no se sientan representadas por ninguna de estas opciones crearan nuevos partidos políticos. Para que estos posibles proyectos sean viables y fortalezcan el pluralismo político en los próximos comicios, será necesario que cuenten con una visión y una estrategia clara para reconducir al país por el sendero democrático y corregir las graves vulneraciones a la institucionalidad y al Estado de derecho: esa será su mayor virtud y quizá constituya su marca diferenciadora.

Además de los partidos, la ciudadanía tiene una alta cuota de responsabilidad en el deterioro democrático. Primero, ha inclinado la balanza del lado de la desafección y el desinterés por la política, en detrimento del involucramiento, la participación y la contraloría social. Su rol pasivo y las deficiencias de vigilancia han permitido que los abusos y la corrupción ganen espacio en el terreno político. Quizá los ciudadanos nos hemos acostumbrado al deterioro de la práctica política, pero a estas alturas, no podemos seguir asumiendo demencia ante las acciones antidemocráticas que se ciernen sobre nuestro país. Es nuestra responsabilidad vigilar el accionar de los funcionarios públicos, evaluar el trabajo del gobierno, corregir nuestras desacertadas decisiones y emitir el sufragio de manera informada y razonada, y no simplemente por castigo, fanatismo o abandonando nuestro destino al azar.

Por último, formalmente, el Tribunal Supremo Electoral (TSE) está concebido como una institución apartidaria, con autonomía jurisdiccional, administrativa y financiera. Sin embargo, las acciones del actual gobierno por concentrar el poder, y especialmente, el reciente aval a la decisión de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) en cuanto a la habilitación de la reelección presidencial inmediata, a pesar de constituir una evidente vulneración de la Constitución, han conducido a cuestionar la autonomía e imparcialidad del TSE de cara a las elecciones de 2024. La supervivencia de este organismo con las características antes mencionadas es vital para nuestra democracia, sobre todo porque existen serias dudas sobre el papel que desempeñará el Tribunal para garantizar la calidad e integridad de las próximas elecciones y, particularmente, la competencia política libre, justa y equitativa. Uno de sus principales retos será su capacidad para fortalecer la fiscalización de las campañas electorales, pero también para vigilar y disuadir cualquier acción de intimidación política.

Otro gran reto para el TSE en 2024 será su capacidad para organizar y garantizar el primer voto en el exterior para las elecciones legislativas y municipales, en cumplimiento con la sentencia 156-2012, emitida por la Sala de lo Constitucional. La Asamblea Legislativa aprobó recientemente la Ley Especial para el Ejercicio del Sufragio en el Extranjero, en la que se reconoce únicamente el voto activo y pasivo, pero no se regulan varios aspectos fundamentales para su implementación, particularmente el mecanismo de votación. En ese sentido y de acuerdo a lo mencionado en el párrafo anterior, las dudas sobre la credibilidad e imparcialidad del TSE no permiten afirmar que existan las condiciones mínimas de confianza para la implementación del voto electrónico. 

Finalmente, El Salvador debería concentrar todos sus esfuerzos para lograr elecciones paritarias en 2024 y, por supuesto, libres de violencia política, lamentablemente bastante recurrente en nuestro país.

De manera que aún queda un largo camino por recorrer para garantizar la calidad e integridad de las próximas elecciones y es nuestra responsabilidad iniciar el trabajo de inmediato. Quizá este sea el último aliento de nuestra agonizante democracia. Ante la parálisis y el miedo es necesaria la conciencia de la responsabilidad, pero también el valor y el coraje de la acción.


Valeria Peralta Albanez. Politóloga, con maestría en Gobierno y Administración Pública. Tiene experiencia en el análisis de políticas públicas y de programas y proyectos de desarrollo sostenible en organismos internacionales, así como en la coordinación de proyectos destinados a promover el voto informado y fortalecer el liderazgo y empoderamiento de las mujeres, pero también en la investigación y el análisis político, particularmente en los temas de democracia, elecciones, sistemas de partidos y política exterior. Es miembro de la Red de Politólogas.

Contenido relacionado

Bloqueador de anuncios detectado

Por favor, considere ayudarnos desactivando su bloqueador de anuncios